Artes

Arte y ensayo sobre lo cursi

A base de pinturas, esculturas, objetos decorativos y libros, una exposición en Madrid propone un viaje por un concepto tan denostado como escurridizo.

Foto de una pareja de enamorados (c. 1915) incluida en la exposición 'Elogio de lo cursi'. MUSEO DE HISTORIA DE MADRID

Patio de un colegio. No importa cuándo leas esto: “Di ‘jamón’ muchas veces, a ver qué sale”. Y lo que salía era “monja”. Pues esto, igual: si dices “Sicur” muchas veces te sale “cursi”, “lo cursi”, más bien y, aunque parezca increíble, resulta que sí, que este es uno de los orígenes que se barajan para una palabra difícil a la hora de definir y maravillosa a la hora de rastrear.

Las Sicur eran dos hermanas (o tres, según la fuente) que, en el Cádiz del siglo XIX disfrutaban copiando la moda que venía de París y añadiendo sus excesos. Los adornos exagerados iban ocultando las manchas o los desgarrones de unos vestidos desgastados por el tiempo y que no podían ser renovados por la escasez. Cuanto más viejo el atuendo, más su vistosidad impostada y su ridículo hasta el punto de que, cuenta la leyenda, cuando las hermanas salían de paseo les gritaban: “¡Sicur! ¡Sicur! ¡Sicur! ¡Sicur!”. De este modo, la repetición de su apellido invertido se habría convertido en sinónimo de ridículo.

Por lo cursi se interesaron, y escribieron sobre ello, Emilia Pardo Bazán, Jacinto Benavente, Francisco Silvela, Benito Pérez Galdós, José Ortega y Gasset, Ramón Gómez de la Serna… Este último, además de escribir sobre lo cursi, tenía un despacho lleno de objetos cursis… Que ¿cómo lo sabemos? Porque muchos de esos objetos (un florero en opalina verde, una miniatura romántica, una figura cerámica de un personaje con chistera…) forman parte de la exposición que desde el 28 de junio y hasta el 8 de octubre se puede ver en CentroCentro, el espacio cultural situado en el Palacio de Cibeles de Madrid. Así, Elogio de lo cursi es una muestra de arte y ensayo en la que tanta importancia tienen las obras expuestas como los textos que las apoyan y justifican.

Lo cursi, lo kitsch y lo camp (explicado por la “flamenca”)

Porque “cursi” es uno de esos términos que tenemos claro cuándo aplicar y a qué —o sea que supuestamente dominamos y creemos querer saber lo que significa— hasta que alguien nos invita a teorizar sobre ello.

Para aclararse es útil (y básico) recurrir a los contrarios, a todo aquello que no es cursi. Más interesante es confrontarlo con términos limítrofes con los que lo cursi puede tener rasgos compartidos y otros no. Es en este ejercicio más sofisticado cuando surgen conceptos como kitsch o camp y cuando es preciso echar mano del comisario de la exposición, el profesor de Historia del Arte en la UCM Sergio Rubira, que lo explica con un ejemplo tres en uno: “A partir de la imagen de la ‘flamenca’, lo kitsch sería la figura en plástico encima de la tele con el traje de acrílico y el pegamento sobresaliendo entre los volantes; lo cursi sería esa misma figura, pero en porcelana de Lladró; y, por último, lo camp sería una Barbie vestida de flamenca. De todas formas, son términos de frontera; se juntan, se separan… Nacen todos en el XIX asociados al desarrollo de la burguesía y a un capitalismo industrial y están muy vinculados, aunque hay diferencias. Ortega, por ejemplo, los distingue en torno a lo industrial. Lo kitsch se produce en masa y lo cursi tiene que ver con la idea de lo pretencioso”.

Grupo escultórico del siglo XIX. MUSEO NACIONAL DE ARTES DECORATIVAS

Lo cursi es además, subrayará Ortega en su ensayo Intimidades, un fenómeno puramente español: “La palabra cursi no puede verterse en ningún otro idioma. El hecho que enuncia es —en rigor, fue— exclusivamente español. Si se analizase, lupa en mano, el significado de cursi, se vería en él concentrada toda la historia española de 1850 a 1900. La cursilería como endemia solo puede producirse en un pueblo anormalmente pobre que se ve obligado a vivir en la atmósfera de un siglo XIX europeo, en plena democracia y capitalismo. La cursilería es una misma cosa con la carencia de una fuerte burguesía, moral y económicamente. Ahora bien, esa ausencia es el factor decisivo de la historia de España de la última centuria”.

Cosa de pobres, pero de pobres con ambiciones, o mejor, con ínfulas es una de las asociaciones recurrentes del término. Elogio de lo cursi trata de hallar un mapa uniendo los puntos donde se detiene la no muy larga historia de lo cursi. Nadie mejor que Pardo Bazán lo definió pronto y bien con su “quiero y no puedo” y subrayó además otros rasgos, como la curiosidad, desembocando en una pretendida cercanía: “Hay señoras que se aprenden de memoria las joyas de la marquesa de la Laguna y saben al dedillo los colores predilectos de la Duquesa de Alba a quien llaman familiarmente ‘Rosario Fernán Núñez’”.

Materia cursi

Joyas, abanicos, muebles u objetos decorativos, pero también libros, fotonovelas, cómics, postales, carteles publicitarios, anuncios de obras de teatro, fotografías de escena y obras de arte se dan cita en esta exposición. Las piezas que la integran sirven de hitos a la hora definir esa siempre escurridiza idea de mal gusto que tiene que ver con la nostalgia, la aspiración y la copia degradada. Porque igual no está al alcance de cualquiera vivir en Versalles, pero una mesita de esas con las patas acanaladas y tapa de mármol quién no la tiene, sobre todo si la tapa no es de mármol, sino de imitación. Y puede que la moda al estilo rococó costara un pastón y requiriera amplios vestidores y ayudantes… Mucho mejor una figurita para contemplar y recrearse en las ensoñaciones.

Las hay más y menos actualizadas: en la portada de la novela Beatriz (o Beatríz), de Corín Tellado , en la edición de 1960, sonríe una mujer bajo la mirada de un apuesto galán que ni para la foto aparta la mirada de ella. En lo poco que queda de fondo se adivina una embarcación, mientras una gaviota rellena el último hueco libre.

Portada del libro 'Beatriz', de Corín Tellado. MUSEO DE HISTORIA DE MADRID

Dos décadas después, los Costus, el pseudónimo artístico utilizado por Enrique Naya y Juan Carrero, aprovecharon toda la España cañí para darle una vuelta artística. Encontraron un filón en la “cultura popular española del tardofranquismo, en su vertiente más ‘chochoni’ (término que inventaron y se refiere a montajes espectaculares pero aparentemente intrascendentes) con las gitanas de Marín, las revistas del corazón y sus personajes —maestros y maestras en el ‘arte de aparentar’ que a ellos les encantaba—”, como explica Julio Pérez Manzanares, autor de Costus: you are a star en una entrevista en Dos Manzanas. Y señala cómo se fijaron en la cultura popular cuando nadie lo hacía —o, si lo hacía, era para denostarla—. Todo lo que oliera a popular no era del gusto ni de “la derecha ranciona que todavía había, y que jamás ha tenido ni el más mínimo sentido del humor para entenderlo, ni tampoco a la facción progre que en ese momento estaba más politizada en la militancia antifranquista, y a la que tampoco le hacía especialmente gracia todo este asunto de la aparente ‘frivolidad’”, prosigue Pérez Manzanares.

Diseño decorativo para cerámica de Costus (1983). COLECCIÓN PRIVADA

Las invisibles leyes de la frontera

La genealogía del fenómeno cursi se remonta al siglo XVIII, cuando un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, adoptaron primero la ostentosa moda de la corte francesa y más tarde la de esa particular aristocracia de París nacida con la Revolución y el Imperio napoleónico que exageró los cuellos de las camisas y el corte de las levitas, complicó el nudo de la corbata, estrechó los pantalones hasta el extremo y sustituyó el miriñaque por las túnicas griegas. Petimetres y petimetras, currutacos y currutacas, lechuguinos y lechuguinas, cursis antes de los cursis todo ellos, establecían unos modelos de masculinidad y feminidad que se escapaban de la norma del momento y fueron juzgados, temidos y ridiculizados como más tarde lo serían los y las cursis que pretendían saltarse las fronteras de clase y de quienes heredaron ese interés por las modas y los modos. Una pretensión que siempre acababa mal. No hay ningún personaje cursi que cumpla sus aspiraciones en la literatura de la segunda mitad del siglo XIX o de comienzos del siglo XX. Era castigado siempre.

Los cursis copiaban las actitudes y el gusto de esas clases a las que no pertenecían y que les excluían. Los aristócratas nostálgicos buscaban sus modelos en Versalles; los modernos, en París; los que eran burgueses miraban a la nobleza y compraban bibelots con los que adornar sus casas igual que palacios en las ventas de las desamortizaciones; los que pertenecían al proletariado aspiraban a la clase media y hurgaban en los rastros o compraban imitaciones de aquello que no podían conseguir.

'María Teresa con una tórtola', de Luis de Madrazo (1880). COLECCIÓN MADRAZO/COMUNIDAD DE MADRID

Los manuales de “buenos modales” se convirtieron en éxitos de ventas y los libros en los que se enseñaba a escribir con cursiva, esa letra que venía de fuera y que se estaba imponiendo y era muy difícil de imitar por sus floreos, se multiplicaron. En ese tipo de letra reside otro de los supuestos orígenes de la palabra, como explicaba el ensayista y político Enrique Tierno Galván: “Durante el primer tercio XIX se introdujo en España, siendo su vehículo el comercio ‘que tanto une a las naciones’, la letra cursiva inglesa, que entró pronto en abierta pugna con la letra tradicional española […]. El falso claroscuro [...], la intención pretenciosa que suele atribuirse a lo nuevo, la adopción de la letra por la nueva burguesía —el comercio— y los caracteres de la letra misma, incluso la depurada, que luego, sin olvidar la polémica que produjo su intrusión, señalaremos, justifican la operación en el habla familiar del adjetivo ‘cursi’, apócope de cursivo y raíz de cursería, cursilonería, cursilería, pues de las tres maneras se dijo. El diccionario de 1869 la acogió en su seno, y desde entonces circula como moneda corriente”.

Cuando Tierno Galván escribe esas palabras, en 1952, se lleva ya un siglo hablando de lo cursi. Todo el mundo habla de lo cursi desde el ensayo, desde la novela, en verso, en las revistas, en las tablas del teatro y en la calle. “¿Quién no es cursi?”, se preguntaban Santiago de Liniers y Francisco Silvela en su Arte de distinguir a los cursis. Algunos estaban verdaderamente enfadados o hartos de tanta cursilería que solo había venido a complicar la vida, como se quejaba Jacinto Benavente en 1901: “Antes existía lo bueno y lo malo, lo divertido o aburrido, y a ello se ajustaba nuestra conducta. Ahora existe lo cursi, que no es lo bueno ni lo malo, ni lo que divierte ni lo que aburre; es… una negación: lo contrario de lo distinguido”.

Para desazón de Benavente, aquello de lo cursi no se sabía cómo había empezado y no se sabía cuánto iba a durar. A juzgar por el interés que suscitaba, parecía que bastante. Efectivamente, la cultura de la cursilería no acabó con el cambio del siglo, sino que se puede rastrear a lo largo del siglo XX. A mediados de los treinta, un indulgente Ramón Gómez de la Serna escribía: “Mala época es la que arrasa lo cursi, la que lo persigue en todos sus reductos, época casi inviviente. Si tuvo defensa el siglo XIX es porque aceptó lo cursi como ingrediente vital, como conservador de la paz, como anclaje seguro de su tiempo. No hay que tener esa vana repugnancia, lo cursi que tiene nuestro tiempo y hay que crear la nueva cursilería para apretar los redaños a los salvajes”.

El paso del tiempo le dio la razón a Gómez de la Serna. Con variaciones, transformaciones y mutaciones, el discurso de lo cursi llega hasta hoy y en buena forma: su historia tiene que ver con los márgenes, con la ruptura de las normas, con las de lo que es propio y lo que viene de fuera, con las de clase y también con las de género.

Larga vida, cursis.

Gato con ramo de rosas. MUSEO DE HISTORIA DE MADRID

Periodista cultural. Colaboradora de medios como La Maleta de Portbou, El Salto y La Marea o de las revistas Diseño Interior y La Aventura de la Historia, con temas que van desde la filosofía y la poesía hasta la arquitectura y el diseño. Es autora de la novela La otra vida de Egon (2010) y los libros de relatos Siete paradas en el país de las sombras (2005) y La carretera de los perros atropellados (2012).