Secretos de familia en el Mato Grosso

La fotógrafa española Raquel Bravo descubrió la vida oculta de su padre en Brasil. De ese hallazgo nació un libro sobre memoria, identidad y colonialismo.

Raquel Bravo, de niña, con su padre, en una de las fotografías incluidas en el libro 'Mato Grosso'. CORTESÍA
Raquel Bravo, de niña, con su padre, en una de las fotografías incluidas en el libro 'Mato Grosso'. CORTESÍA

Quizá les pasa como a mí y su primer recuerdo está asociado a una fotografía suya tomada cuando solo eran un bebé. En mi caso, se trata de una imagen en la que mi madre me está bañando dentro del fregadero de la cocina. Soy tan pequeño que mi tierno cuerpecito cabe de sobras en ese hueco de acero de 40 x 40 cm. En la foto miro a la cámara asombrado y, aunque en mi recuerdo quien toma la fotografía está borroso, siempre supuse que era mi padre. ¿Fue así realmente?

La fotógrafa española Raquel Bravo (Valladolid, 1981) ha hecho que este primer recuerdo infantil se me tambalee cuando en su nuevo libro, titulado Mato Grosso y editado por Fuego Books, escribe: “¿Cuántos de nuestros recuerdos provienen de la experiencia vivida? ¿Cuántos son producidos a partir de la memoria que genera la fotografía?”.

Ganador de la última edición del concurso Fotolibro <40 que otorga la Comunidad de Madrid, este proyecto fotográfico supone el primer trabajo publicado por la autora, que ejerce como docente en el Centro de Estudios del Vídeo, en el Instituto Europeo de Diseño y en la Universidad Abierta de Cataluña, y que ha expuesto su obra en su España natal, Uruguay, Italia, Georgia, Corea del Sur y la India, entre otros países.

Portada del libro 'Mato Grosso', de Raquel Bravo. FUEGO BOOKS

Mato Grosso es un libro que empieza sencillo, pero que va complicándose poco a poco. Su origen es un hallazgo inesperado que hizo temblar los cimientos de la infancia de Raquel, al mismo tiempo que reescribió la historia oficial de su familia.

“Mi padre, José María Bravo, estuvo viviendo con comunidades indígenas de Brasil, en concreto de la zona del Mato Grosso, durante siete años, entre los sesenta y los setenta, antes de que yo naciera”, cuenta Raquel. “Los relatos de esta experiencia y de sus aventuras fueron un aspecto central e importante durante mi infancia y la de mi hermana. Él falleció cuando yo tenía 10 años, y todas estas historias dejaron de evolucionar”.

Durante esa temporada en Brasil, José María trabajó con los pueblos bororo, karajá y xavante, literalmente haciendo de todo: desde atender partos y operaciones sin ser médico, hasta defender los intereses de las comunidades frente a los buscadores de oro (garimpeiros) y los terratenientes (fazendeiros). También tomó fotografías de la vida cotidiana y las costumbres de los indígenas, que luego clasificó en forma de archivo cronológico.

Fotografías de José María Bravo con indígenas del Mato Grosso y con su hija Raquel. CORTESÍA
Fotografías de José María Bravo con una familia del Mato Grosso y con su hija Raquel. CORTESÍA

Aquellos años en el Mato Grosso se convirtieron de alguna forma en lo que hacía especial a la familia de Raquel, en su identidad. La memoria de la selva estaba muy viva en la casa familiar, que estaba llena de adornos ceremoniales, arcos, flechas, frasquitos con curare y otros objetos. También el cuerpo de José María, lleno de cicatrices y manchas en la piel, era el punto de partida de muchas historias que el padre contaba a sus hijas.

Estas historias llegaron incluso a la imprenta. José María también fue escritor, escribió dos libros y publicó uno de ellos, titulado Entre los indios del Brasil (Ala Delta, 1990). “A mis ojos era un científico, un filósofo, un antropólogo o un aventurero (era la época de Indiana Jones). Pero tanto el libro como los relatos eludían el contexto cultural y social que explicaban la presencia de mi padre entre las comunidades”, explica Raquel.

Fotografía de un niño indígena del libro 'Mato Grosso', de Raquel Bravo. CORTESÍA
Un niño indígena, en una de las fotos incluidas en 'Mato Grosso'. CORTESÍA

Años después, tras la muerte de su padre, siendo ya adulta y fotógrafa, Raquel estaba rebuscando con su madre en los cajones de su casa cuando aparecieron unas fotos sueltas y sin organizar. En un momento dado, su madre trató de evitar que viese una de las instantáneas, como si le diera mucha vergüenza, como si fuese a desvelar un secreto terrible.

“Yo no podía imaginar qué era aquello tan malo que había hecho mi padre, así que insistí”, recuerda Raquel. “La fotografía resultó ser la imagen de mi padre vestido con sotana acompañado de dos indígenas xavantes. A decir verdad, el hecho de que hubiera sido sacerdote no me sorprendió demasiado, ya que toda su familia era muy católica y su hermano era arcipreste. Tampoco me generó rechazo ni vergüenza, sino ganas de saber más. Al fin y al cabo, era mi padre”.

Raquel supo que esas imágenes tenían potencial para ser el origen de un proyecto fotográfico, pero no sabía cuál era la historia que quería contar. “Me sentía interpelada en varios sentidos: las fotos eran muy bonitas, todo estaba muy bien fotografiado y, aunque mi padre era lego en la materia, se notaba una intención documental”, cuenta. “Al mismo tiempo, yo no quería usurpar su voz ni tampoco la de las personas que aparecían en las imágenes, ya que esto me parecía una proyección de mis deseos con respecto a estos dos sujetos. En realidad, ¿qué sabía de mi padre? ¿Qué sabía de la comunidad karajá y de sus procesos sociales y culturales? Esta incertidumbre inicial me mantuvo bloqueada durante un largo periodo de tiempo en el que me dediqué a las labores más manuales: escanear, limpiar pelos y polvo, restaurar el color de las diapositivas y, en definitiva, a hacerme con las imágenes”.

Raquel Bravo con su padre e indígenas danzando, en sendas fotos del libro 'Mato Grosso'. CORTESÍA
Raquel Bravo con su padre e indígenas danzando, en sendas fotos del libro 'Mato Grosso'. CORTESÍA

A la vez, Raquel se puso a investigar el contexto histórico de la estancia de su padre en Brasil. Descubrió que José María había formado parte de lo que se llamó Operación Mato Grosso, creada por el sacerdote italiano Ugo de Censi como una organización no gubernamental de voluntarios que luchaban “contra la pobreza a través de la educación y el trabajo”.

La labor de este grupo resultó, al final, tremendamente contradictoria porque, aunque estaba vinculada a la Teología de la Liberación y al círculo de Pere Casaldáliga, y se dedicaban a proteger a los indígenas de las amenazas y presiones que sufrían, su trabajo contribuyó mucho a la destrucción de las comunidades tradicionales. Una de las acciones más relevantes de la “evangelización” que realizaban consistía en la construcción de colonias, nuevos asentamientos de estilo occidental, con calles rectas y tejados a dos aguas, a los cuales se invitaba (y, en ocasiones, se forzaba) a los indígenas a trasladarse.

Indígenas se preparan para una ceremonia religiosa, en una foto del libro 'Mato Grosso', de Raquel Bravo. CORTESÍA
Indígenas del Mato Grosso se preparan para una ceremonia religiosa, en una foto realizada por el padre de Raquel Bravo. CORTESÍA

En estas nuevas colonias se imponían horarios y se inculcaba el trabajo, la agricultura, deportes como el fútbol... De esta forma se llevaba a cabo una aculturación pacífica, pero que encajaba perfectamente en la estrategia de las industrias que pugnaban por controlar los terrenos en los que vivían los indígenas para su propio beneficio y también la del gobierno brasileño, que financiaba estas construcciones con fondos públicos.

Al examinar el archivo de José María, Raquel se dio cuenta de que todo este proceso estaba representado de una forma muy sutil: “Los indígenas de las primeras imágenes aparecían desnudos e ignoraban la presencia de la cámara, pero según iba avanzando el archivo, cada vez más se les veía vestidos y posando para mi padre”.

Las fotografías del final del archivo muestran una realidad muy alejada de los relatos selváticos que José María contaba a sus hijas. Resultaban muy decepcionantes para la fotógrafa, que esperaba encontrar una selva mucho más acorde con la idea que desde Occidente nos hacemos de ella, y no las grandes extensiones de pastos que aparecían en las imágenes. “Lo que las diapositivas mostraban distaba mucho de la ‘selva europea’ de mi imaginación, que se parecía más a la del paisaje asturiano que yo conocía muy bien. Esta discrepancia inicial me hizo cuestionar la autenticidad de mi experiencia y también la de mi padre; y, sobre todo, el papel de la fotografía como método de registro”.

Selva del Mato Grosso arrasada, en una de las fotos recopiladas por Raquel Bravo en su libro. CORTESÍA
La selva del Mato Grosso arrasada, en una de las imágenes recopiladas por Raquel Bravo. CORTESÍA

Cuando siendo niña Raquel le preguntaba a su padre qué había sido del Mato Grosso, él le contaba con pesar que había desaparecido bajo los campos de soja. “Mi padre sentía pena y dolor por todo lo que había pasado”, explica la fotógrafa. “Su visión de los indígenas era inseparable de la idea roussoniana del buen salvaje. Los consideraba mejores y más puros. Y hablaba de esa destrucción como de una desgracia ajena a él que había caído sobre esas comunidades. Él evitaba explicar su papel como sujeto activo en este proceso, pero tampoco creo que fuese muy consciente de eso. Al fin y al cabo, era aún muy joven cuando se fue, estaba deseoso de aventuras y supongo que también de salir del clima asfixiante de la España franquista”.

Durante el proceso de creación de proyecto, al comentarlo con personas de su entorno, los puntos de vista variaban, aunque se movían fundamentalmente entre dos: “Muchas personas querían ver crecer la historia del cura, del padre muerto, del aventurero. Otras querían indagar en las atrocidades del colonialismo y esperaban de mí una especie de culpabilidad retroactiva que tampoco sentía”, explica.

Finalmente, Raquel optó por una vía menos obvia, surgida al comparar el archivo de su padre con los álbumes de fotos familiares, que acabó dando una trascendencia mucho mayor a su obra. “Yo no me sentía legitimada para narrar ninguna de estas dos historias, al menos no de forma exclusiva. Hablar de los materiales con los que se construía el relato me parecía muy importante, no puedo explicar por qué. ¿Cuánto de este registro podía ser cuestionado? Lo primero de lo que me di cuenta es de que mi padre había fotografiado extensamente los rituales de otras culturas, y también de que las fotografías de nuestra familia (que mi madre había recopilado en álbumes a lo largo de los años) eran también una especie de ritual, y que las funciones sociales de ambas eran similares”.

El bautizo de Raquel Bravo y un ritual de indígenas del Mato Grosso. CORTESÍA
Fotografías del bautizo de Raquel Bravo y de un ritual de indígenas del Mato Grosso. CORTESÍA

“El trabajo que mi madre hacía en el álbum familiar”, continúa Raquel, “como los archivos de mi padre, también estaba sujeto a grandes elipsis y elusiones: en los álbumes familiares se elimina por completo la enfermedad, la tristeza, las violencias, el trabajo o los conflictos para dejar una sucesión de momentos, de vacaciones, cumpleaños, viajes, paseos y toda clase de ceremonias que, en palabras del sociólogo Pierre Bourdieu, tienen una función social muy específica: la de solemnizar y eternizar momentos importantes en la vida colectiva. De la misma manera, el viaje colonial llevaba fotografiándose de manera prácticamente idéntica desde el siglo XIX. Esto evidenciaba que la naturaleza de los dos archivos tenía menos que ver con mis padres (y lo que yo pudiese llegar a conocer de ellos) y más con los colectivos de los que formaban parte”, concluye.

Mato Grosso es un libro sencillo y a la vez laberíntico, en el que cada una de las decisiones de diseño cuenta, que se puede leer de muchas formas y que consigue, además de visibilizar unos hechos históricos lamentables, hacernos reflexionar sobre la naturaleza de la memoria, personal y colectiva e, incluso, de los hechos que influyen en la creación de nuestra propia identidad.

Periodista. Colabora en medios como ICON, S Moda y Vice Latinoamérica.

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