¿Escritora y milenial? Ah, otra nueva Sally Rooney

La etiqueta de la “próxima Sally Rooney” se ha convertido en un gancho editorial. Y también en un escollo para las escritoras jóvenes.

La escritora irlandesa Sally Rooney. JONATHAN LLOYD DAVIES
La escritora irlandesa Sally Rooney. JONATHAN LLOYD DAVIES

Naoise Dolan publicó su primer libro el año pasado, es más cínico que las novelas de Sally Rooney pero igual de inteligente. Anna Hope ha escrito una historia que podría ser lo que hicieron años después los personajes de una novela de Sally Rooney. Si te gustó Sally Rooney te gustará Jessica Andrews. Eimer McBride sería la antecesora más directa de Sally Rooney. 

Todo son reclamos reales que tanto periodistas como editoriales se han encargado de escribir en los últimos dos o tres años para presentar algunas novedades literarias. La lista, de hecho, podría ser bastante más larga. Tanto es así que ahora mismo a una escritora joven de habla inglesa, no digamos ya si nació en Irlanda, que cuente historias en las que se sufra por amor y por dinero, le será especialmente complicado no ser comparada con ella. Sally Rooney (Castlebar, 1991) como centro neurálgico de la literatura femenina milenial, como punto de referencia para lectores, periodistas y editores, que se proyecta como una sombra hacia adelante y hacia atrás: no solo le crecen las discípulas imaginarias y las novelas afines, sino que tras ella aparece una constelación de obras previas cuyo destino retroactivo era servir de condición de posibilidad para escribir Gente normal, el superventas que la autora publicó en 2018 y que se ha convertido en una serie televisiva de éxito internacional.

No es nada nuevo. Cuando Conversaciones entre amigos, la primera novela de Sally Rooney, llegó a las librerías en 2017, ella era en realidad “la Salinger de la generación Snapchat”, una etiqueta equívoca y fugaz que duró hasta que se convirtió en la “Jane Austen del precariado”. Las comparaciones en fajas y reseñas son indisociables del mercado editorial y quien más quien menos participa de esa convención: la analogía de blurb forma parte del juego. Cada cierto tiempo hay nombres que parecen eclipsar al resto y se convierten en el patrón literario para casi cualquier cosa que se publique —el caso de Gente normal no es más exagerado que los de Bolaño o David Foster Wallace, por citar dos de los más sangrantes en los últimos años—. Y si bien el fenómeno Sally Rooney no se distingue esencialmente del resto de etiquetas, lo cierto es que esta cascada de comparaciones despierta una duda razonable sobre cómo se lee a Rooney y qué prejuicios pesan sobre su narrativa incluso en aquellos casos en los que la intención era elogiarla a ella o a otra novelista.

En primer lugar, sorprende que en la mayoría de casos importe mucho más el sexo, la edad o el lugar donde nació la escritora que su estilo, la estructura de sus novelas o incluso la perspectiva desde la que aborda los arquetipos universales. Es cierto que la adscripción nacional muchas veces se utiliza para remontar las comparaciones en genealogías históricas, pero Rooney nació en Irlanda y no en una diminuta isla al sur de Nueva Zelanda. No hay nada en su origen que explique que se la trate como una singularidad territorial ni que justifique ninguna clase de sesgo exotizante —sesgo que casi siempre se aplica, también de manera sangrante, por ejemplo, cuando se habla de autoras nigerianas o de nueva narrativa oriental—.

En algunas comparaciones hay coincidencias obvias, como pasa con Naoise Dolan o Niamh Campbell, quienes no solo son irlandesas que rondan la treintena, sino que además estudiaron en el el Trinity College y comparten tema con la primera novela de Rooney: la relación tóxica de una chica joven con un hombre mayor. Sin embargo, esta nueva “Trinity School” no se sustenta en términos literarios, incluso si tenemos en cuenta que fue la propia Rooney la editora encargada de publicar el primer fragmento de Días apasionantes, de Naoise Dolan, en una revista. Rooney y Dolan acaban coincidiendo en muchas cosas, pues sus novelas escenifican directa o indirectamente la intersección entre dinero y amor. Pero en términos literarios no hay mucho más que esto. Como destaca Noelia Ramírez en un reportaje sobre ellas, el eje amor-dinero no solo no es un tema nuevo sino que tiene toda una tradición dentro de la literatura anglosajona —¿por qué no son etiquetadas como las Edith Wharton de la generación milenial?— e incluso referentes mucho más cercanos de autoras ya consagradas, como Margaret Drabble o Hanya Yanagihara. “A pesar de las comparaciones por compartir origen y background académico”, concluye Ramírez, “la prosa de Dolan está más en sintonía con las heroínas desapegadas del autodesprecio a lo Otessa Moshfegh, Alexandra Kleeman o Halle Butler que con la propia Rooney.”

La escritora Naoise Dolan, autora de 'Días apasionantes'. MARIA BIANCHI
La escritora Naoise Dolan, autora de 'Días apasionantes'. MARIA BIANCHI

Días apasionantes y Gente normal son buenas novelas por motivos distintos. Plantean los conflictos narrativos desde escenarios muy diferentes y los exploran con recursos formales y ritmos que avanzan en direcciones contrapuestas: los diálogos de Dolan son explosivos, explícitos e incluso agresivos; nos encontramos conversaciones que pueden subrayarse de arriba a abajo, interpelaciones afiladas e ingeniosas, que se parecen más al comentario inteligente de un tuit envenenado que al habla cotidiana. En cambio, la gracia de Rooney está en su capacidad para juntar frases absolutamente anodinas de personajes inquietantemente previsibles y conseguir, sin embargo, que una vez compuestos resulten lúcidos e incluso sorprendentes. No es casualidad que siempre se subrayen las mismas dos frases de Gente normal: su prosa no es chispeante, y lo que los personajes no dicen es siempre mucho más importante que lo que expresan verbalmente.

De hecho, incluso aceptando que la perspectiva de clase es central en Rooney, cuando sus personajes la adoptan de forma explícita en una conversación rozan lo ridículo: instrumentalizan esta perspectiva de forma efectista y tirando de tópicos —“el dinero mueve el mundo”—, victimizandose para justificar un comportamiento determinado. Lo interesante en sus novelas es comprobar que la construcción afectiva de los personajes está determinada por la posición que ocupan en la jerarquía social. De ello se deduce lo que son capaces de decir, sentir o pensar, y determina por entero la forma que tienen de relacionarse: en este sentido, Rooney habla más de violencia simbólica cuando decide hacer que Connell verbalice sus convicciones críticas sobre el capitalismo que no en las propias palabras de Connell. La ideología está en la forma, en la construcción del artefacto narrativo, mucho más que en el contenido: a riesgo de exagerar, podríamos suponer que la estructura circular de Gente normal no solamente responde a la trama romántica, sino que también le sirve a Rooney para mostrar que hay algo estático y perdurable que determina la relación entre los personajes incluso cuando estos parecen avanzar y tener éxito en sus vidas. Y es esta capacidad narrativa la que hace de Rooney una escritora excepcional, mucho más que los temas que trata.

Sin embargo, si nos quedamos solo en los titulares de las notas de prensa, es muy fácil caricaturizar obras como Gente normal. Es lo que hacen críticos como Jessa Crispin o Barry Pierce cuando habla irónicamente de la ‘Trinity School’. Sally Rooney —e inevitablemente todas las “próximas Sallys”— no serían más que universitarias repelentes que utilizan las referencias al marxismo como maquillaje intelectual para sus novelas rosas. Pero lo más grave es que estas descripciones acaban refiriéndose no ya a una autora en particular, sino a prácticamente toda la nueva literatura milenial escrita por mujeres. Podemos tomar como referencia artículos densos como ‘The Making of a Millennial Woman’, de Rebecca Liu, o ‘Has Self-Awareness Gone Too Far in Fiction?’, de Katy Waldman, aun desde posiciones algo distintas, ambas cuestionan el uso de la ironía autoconsciente que hacen autoras como Rooney o Dolan, en la medida que la ven como una trampa ideológica. Consideran que esta estrategia, que caracteriza a toda una generación, puede incluso resultar desmovilizadora: si nos reímos desde el reconocimiento colectivo de nuestra situación de precariedad y discriminación parece que ya no es necesario hacer nada al respecto, salvo continuar con el humor negro, los memes depresivos y las novelas que nos permiten identificarnos y decir “sí, a mi también me pasa”.

Independientemente de lo acertadas que puedan ser estas críticas, lo interesante es ver cómo han contribuido a polarizar las opiniones sobre Rooney y a convertir sus novelas en un campo de batalla político y cultural sobre el papel de la mujer milenial. Ser “la nueva Sally Rooney” tiene que ver con la posibilidad de encajar con estas coordenadas de representación, que además, curiosamente, no se aplican a novelistas varones que puedan abordar esos mismos temas —ningún escritor joven es como Sally Rooney o para fans de Sally Rooney—; es decir, tiene que ver con encajar con una categoría caricaturesca de novelista milenial rebelde, provocativa y desacomplejada en la que no entraría ni la propia Sally Rooney.

Quienes más afectadas se pueden ver, sin embargo, por esta comparación, son todas aquellas novelistas a las que les colocan el membrete de “la nueva”, “la próxima” o la “si te ha gustado”. Si las etiquetas y las analogías de blurb deben servir para abrir el camino tanto a los lectores como a los escritores, en este caso parecen destinadas, más bien, a fulminar todo un territorio de jóvenes escritoras bajo un pretexto marketiniano. Porque si hemos visto que con Naoise Dolan todavía se podían encontrar algunos paralelismos vagos, todo se vuelve mucho más absurdo si pensamos en la comparación con Eimer McBride y su novela Una chica es una cosa a medio hacer, donde el ejercicio de estilo para construir el angustiante monólogo interior de la protagonista bien merecería una consideración geográfica, pero para conectarla con Joyce y Edna O’Brien; y lo mismo si hablamos de Agua salada, de Jessica Andrews, que como nos recuerda Laura Ferrero, no tiene nada que ver con Sally Rooney, sino que “se emparenta mejor con la fragmentariedad de esa obra delicada y preciosa, Departamento de especulaciones, de Jenny Ofill, o con la autora irlandesa Sara Baume”.

El problema, por lo tanto, no es que la etiqueta literaria sea un elemento puramente comercial que enturbie la pureza de la obra artística. La cuestión aquí es el tipo de operación que se produce en el imaginario colectivo y en la recepción de estas obras. Del mismo modo que con razón nos indignamos cuando a ciertas autoras se las presenta en fajas solo en relación a sus maridos, amigos, amantes y referentes, borrando cualquier tipo de genealogía posible al margen de un canon hipermasculinizado, también deberíamos cuestionarnos aquellas etiquetas que prescinden de toda consideración literaria para vender un estilo de consumo político y cultural, especialmente cuando este estilo de consumo no coincide ni tan solo con su referente original. En definitiva, no se trata solo de que las palabras “Sally Rooney” escritas en prensa se hayan convertido en un verdadero significante vacío, sino que con ellas perdemos la posibilidad de imaginar un panorama literario rico y diverso de autoras milenial, y de abordar desde otras coordenadas la obra de autoras como Naoise Dolan, Jessica Andrews, Anne Hope o Eimer McBride, y todas las que vendrán.

Periodista especializada en feminismo y cultura. Ha sido editora jefa en Play Ground y colaboradora de medios como Pikara Magazine, eldiario.esS Moda y El Salto. Recomienda libros de mujeres en el programa Tardeo, de Radio Primavera Sound. Cocreadora y coeditora de la revista digital la Fronde Mag.

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