Libros

María Fernanda Ampuero, literatura entre monstruos

La escritora ecuatoriana busca el terror en la realidad. “Todos podemos ser el demonio del otro”, asegura.

La escritora ecuatoriana María Fernanda Ampuero. ISABEL WAGEMANN

“La he sentido, la he llorado, la he abrazado”. Para María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976), la marginalidad no es sólo sujeto de escritura. Cuando el boom inmobiliario llenaba de espumillón algunas calles, ella, inmigrante ecuatoriana en España, malvivía. De su experiencia y de la de sus compatriotas empuño dos crónicas: Lo que aprendí en la peluquería (2011) y Permiso de residencia (2013). 

Luego llegó el 15-M. Al principio, “un momento casi onírico”. Después, frustración; y para encararla, literatura. Esta vez, Ampuero escribió cuentos donde la desigualdad —social, de género, de raza, etaria, estética— aparece como un caldo donde burbujean los monstruos. “Hay que temer más a los vivos que a los muertos”, escribe en su primer compendio, Pelea de gallos (2018). En el último, Sacrificios Humanos (2021), publicado en Páginas de Espuma, como el título anterior, una migrante pone en peligro su vida al entrar en la casa de un desconocido, una niñera sacrifica a su hijo para salvar al hijo de la familia a la que sirve y una madre deja que violenten a sus hijas por amor.

El terror no es para Ampuero una forma más de desengranar los hilos invisibles —pero ensordecedores— que cortan la vida. Es la única manera de hacerlo. Así lo desvela en un taller de escritura que tiene lugar en el centro cultural Matadero de Madrid. Antes de comenzar, en el centro de un círculo de sillas de madera, la autora invoca a los animalitos que padecieron en este lugar. Después, pregunta a los participantes sobre sus temores, que nada tienen que ver con las arañas, ni las culebras ni los espejos. Ampuero pregunta por ese tipo de pavor como el que le entra a una cuando va a reencontrarse con las tías y las primas y la agarra el recuerdo de niña: lenguas afiladas que la comparan con la otra prima, más alta, más delgada, más guapa. O esa sensación de rueda que gira hasta prenderse fuego en el corazón de una persona que teme a parar de rodar, de producir, de crear.

Para Ampuero, lo personal es político. Por eso, para encontrar terror, no hace falta correr hacia paisajes escondidos y pegajosos. La biografía de una la hacen los monstruos reales.

- ¿Qué te obsesiona?

- Llevo muy mal la violencia contra el débil, el odio al diferente. Me gusta la disidencia, encuentro belleza en la periferia, en el extrarradio, en la lucha y la revolución. Escribo desde ahí, desde esa fealdad terrible que le veo al que uno se sienta superior.

- ¿Contra qué “aullabas” en Pelea de gallos?

- En lo personal, tuve una sucesión de pérdidas, de cambios de estatus, de vivienda. Además, mi padre murió en Ecuador en ese tiempo. Toda la narrativa que tenía alrededor de mi futuro se desmanteló frente a mis ojos. Aparte de eso, empezaba a ver que lo que tanto habíamos peleado en el 15-M, cuando la voz de los extranjeros fue por primera vez realmente valiosa, se rompió en nuestras narices de una manera cruda, feroz, violenta. No contábamos con que la mayoría de la población no estaba en esa acampada, en ese movimiento, pensando en cambiar el modelo, el mundo. Fue un momento muy duro a nivel personal y a nivel… bueno, es que lo personal es político.

No hay referencias directas a ese momento de mi vida, pero sí ese espíritu: ese dolor y rabia que yo tenía. Mis relatos tienen que ver mucho con las desigualdades sociales, con la explotación feroz que se hace de unos contra otros. Las peleas de gallos son una actividad que hace un grupo de gente que tiene poder sobre estos animalitos para adiestrarlos a que maten a sus iguales, una cosa que hace la política muy bien cuando le dice al pobre que los inmigrantes vienen a quitarte el trabajo. O cuando le dicen a la gente que van a echar a la mitad de la plantilla. De lo que no nos damos cuenta es que hay un grupo de gente riéndose de nosotros mientras hacemos eso.

- ¿Qué vino primero? ¿La fascinación por el terror o el filón terrorífico de las historias que querías contar?

- Yo creo que se fue cocinando en mi cabeza una especie de olla de bruja donde estaba este tipo de narrativa que había mamado tanto. Por otro lado, soy una periodista que, evidentemente, no cree en la objetividad. Estoy del lado de la víctima. No he visto todo el dolor del mundo, pero en ciertas personas, si que he visto todo el dolor del mundo. Y creo que las dos únicas formas de contar esto son el periodismo y la ficción de terror.

- ¿Por qué carecen tus relatos de lugares geográficos concretos?

- Intencionadamente, quise que no fueran en ningún lugar para que fueran en todos. El año que salió Pelea de gallos fue el año de La Manada. Teníamos un minuto de silencio casi todos los meses, aquí, en España. Es aquí donde estoy, donde vivo, donde veo las noticias. Es muy fácil echar balones fuera y decir que esta gente es asesina, feminicida, porque, no sé, tienen sus pasiones enloquecidas o porque tienen armas, o son salvajes. Pero en la Europa blanca, democrática, del estado derecho, etcétera, matan a las mujeres, las descuartizan, las tiran a los contenedores; matan a sus hijos e hijas; violan a niñas que están borrachas. Todo el tiempo.

- Tus cuentos están plagados de referencias a la infancia. ¿Por qué?

- Es un momento en el que, si sucede algo que te daña, esa persona que ibas a ser cuando naciste, se desvía para siempre. Hay cosas de la infancia irreversibles. Lo que te enseñan , los principios, la capacidad de amar, los valores, el sentirse acompañada o sola, el necesitar a los demás, el compartir… Se cree que eso es la vida, que eso eres tú, tu personalidad, pero no, es algo que te metieron en la cabecita.

- En muchos de tus relatos, los protagonistas actúan desde cierta inocencia: no ven o no quieren ver la violencia del otro. ¿Es la evasión la única forma de sobrevivir al dolor?

- En la infancia tienes muy pocas herramientas y pocos puntos de comparación con otros pequeños planetas que somos cada familia. La evasión es el camino. La infancia es el momento donde la fantasía está más a flor de piel. Por eso te evades con historias, imaginando cosas, que pueden ser maravillosas o pueden ser terribles.

- ¿Qué es ser un monstruo?

- Todos podemos ser el demonio, el monstruo del otro. Para mí, un monstruo es alguien que se cree superior a los demás: por su color de piel, inclinación sexual, clase social, estatus, físico, color de ojos… Eso es todo lo contrario a lo que se cree que es un monstruo. Entonces, yo me hermano con los monstruos. Si crees que no lo eres, yo no voy a estar de tu lado. Si crees que los demás somos monstruos, pues aquí estamos, los frikis, los freaks.

Periodista. Colabora en medios como El País.