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Federico Jeanmaire cuenta lo que Argentina esconde

El escritor publica ‘La banda de los polacos’, donde experimenta con el lenguaje villero y aborda el racismo no reconocido de su país.

El escritor argentino Federico Jeanmaire. EFE/MARTA PÉREZ

Federico Jeanmaire (Buenos Aires, 1957) es un secreto a voces de la literatura hispanoamericana. Con un perfil discreto, ha construido una sólida carrera de la mano de múltiples editoriales internacionales, ha sido traducido a más de una veintena de idiomas y ha ganado numerosos premios. 

Licenciado en Letras, profesor en la Universidad de Buenos Aires y experto en el Siglo de Oro, en 1990 publicó Miguel, una biografía ficticia de Cervantes que resultó finalista del Premio Herralde de Novela y que fue editada por Anagrama, lo que le dio el empujón para empezar a ser reconocido. Con Mitre (1998), obtuvo el Premio Especial Ricardo Rojas, otorgado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires; y, después de 20 años de estudio, en 2004 publicó Una lectura del Quijote, un ensayo que lo confirmó como uno de los mejores especialistas de este clásico de la literatura universal.

Pero Jeanmaire ha publicado muchos libros más, como Montevideo (1997), donde se puso en la piel del escritor y presidente argentino Domingo Faustino SarmientoVida interior (2008), una historia ambientada en México con la que obtuvo el Premio Emecé; y Más liviano que el aire (2009). Esta última novela, protagonizada por una anciana le cuenta su vida a un ladrón adolescente, supuso el inicio de una trilogía constituida por monólogos de mujeres que continuaría con Las madres no les decimos esas cosas a las hijas (2012) y Tacos altos (2016). El primer título de la trilogía vuelve a reeditarse en la colección Compactos de Anagrama, mientras que en la colección principal aparece su nueva obra, La banda de los polacos, la cual nos reúne con el escritor para una amable charla.

- Se reedita Más liviano que el aire. ¿Dónde nace el interés por los monólogos femeninos?

- No siempre sé por qué hago todo lo que hago. Cuando empecé a escribir esa novela, que se publicó por primera vez en 2009, el chico hablaba, se leía lo que le decía a la señora, pero cuando llegué a la página veintipico me pasó que hay una cuestión importante: en Argentina, esos chicos marginales no tienen voz pública; de hecho, hablan bastante mal y es difícil comprender lo que quieren decir, entonces me pareció que no poner su voz era un buen procedimiento literario para decirlo sin decir. Todo lo que se puede hacer a partir de procedimientos literarios y no a través de tesis me parece mejor. Y ese me pareció un buen modo de reflejarlo gráficamente.

- ¿Y el porqué de las mujeres?

- En realidad, creo que el siglo XX es el siglo de las mujeres, así como el siglo XVI fue el de los varones. Es un tema que me interesa muchísimo. Por ejemplo, en la novela, la protagonista le cuenta al chico la historia de su madre, que tiene que ver con la de la aviación. Cuando comienza la aviación, los que salían con esos aparatos morían, y la mujer, que en ese momento no era sujeto penal, se prestó a eso porque pesaba menos.

- ¿Cómo se encuentra en su carrera como escritor?

- No lo veo como una carrera. Borges decía que hay escritores que escriben libros y escritores que escriben obra. Quevedo era un escritor de obra y Cervantes, de libros. Yo me considero un escritor de libros, y por lo tanto no creo mucho en las carreras. Lo que sí creo es en la necesidad de, cuando tengo una idea, apasionarme y escribirla. Entonces, mis libros no tienen que ver con el anterior o el que va a venir después.

Cuando empecé, me pasó lo mismo. Mis primeras novelas son de los ochenta. Con la segunda tuve bastante buena crítica en Argentina. Mi tercera novela, Miguel, fue la que salió con Anagrama, y no gustó nada a la universidad ni a la crítica. No les gustó que cambiara tanto de una novela a la otra. Me decían que para ser escritor se tiene que crear una voz, que uno debe crear un mundo y mantenerse en ese mundo, y yo no creo en eso. Me divierto mucho escribiendo, me lo paso muy bien, me enamoro del libro que estoy escribiendo; y cuando lo termino, lo odio un poco y ya no me gusta. En ese sentido, no cambié: desde que empecé sigo pensando lo mismo.

- ¿Cuáles son sus influencias en la técnica de la oralidad?

- Soy un enamorado de Cervantes y de Sarmiento, escritores que en castellano han trabajado a partir de la oralidad. Me he fijado en los autores que me han permitido hacer cosas. Los cortes de la escritura son cuestiones muy personales; yo no respeto la gramática de la escuela, pongo puntos y aparte donde se me ocurre. Y eso tiene mucho que ver con la oralidad: cuando uno charla con alguien muchas veces no hay puntos y aparte, el otro te interrumpe en la mitad de tu monólogo. Hay gente que trabajó con esto, novelas como 62 modelo para armar, de Cortázar, con unos cortes muy parecidos. Después está Antonio di Benedetto, que tiene una novela en la que esto ocurre muchísimo. O el caso de Sarmiento o el cubano Martí, románticos que escribían párrafos muy largos, cortados con frases cortas muy potentes. Eso me habilita a mí a hacer lo que hago, eso sí está en todos mis libros.

- ¿Cuál es el origen de La banda de los polacos?

- El origen es muy tonto, cómico. Estaba yendo a comer un asado, me llevaba en coche otro escritor, estábamos hablando de un músico que aquí llaman “El Polaco” y él, como vivía cerca de una villa, donde todo era muy precario, me dijo que allí a todos los blancos los llamaban “polacos”. Entonces, cuando volví, empecé la novela de una banda de polacos que quieren cambiar el mundo. Eso tiene que ver mucho con la cuestión argentina. El argentino es muy mentiroso respecto a sí mismo. Una de las cuestiones más mentirosas es que suponemos que nosotros no somos racistas, que lo son otros países, pero Argentina es absolutamente racista. Lo es respecto a la gente que tiene un color de piel más oscuro, por pertenecer a pueblos anteriores a la llegada de los españoles. A ellos les pagan menos por sus trabajos, les dan los trabajos más malos. El agravio más grande que le puedes decir a alguien en Argentina es “negro de mierda”, ¿entiendes? Quería escribir sobre eso porque me parece una cosa que la Argentina esconde.

Esta cuestión racial es tan importante que los dos grandes movimientos políticos de la Argentina, que son el peronismo y los caudillos, son de defensa del negro. La paradoja es que tanto Perón como Rosas eran blancos: los líderes de movimientos de negros son blancos. De ahí la banda de los polacos que en la novela quiere cambiar el mundo.

- ¿Qué estilo quería trabajar en esa novela?

- En mis novelas trabajo algún problema de la lengua. Antes te dije sobre Más liviano que el aire que esos chicos que viven en las villas no tienen voz y que les cuesta mucho hablar, sin embargo, en La banda de los polacos estos chicos hablan perfectamente, como si fueran a la universidad. Es un juego ficcional de desrealización de lo que es la situación de vivir en una villa. Precisamente, el kiosquero, que se llama Borges, es quien introduce más palabras del uso villero. Me gusta hacer estas cosas para producir algo de shock en la cabeza de quien lo lee, para salir del uso mecánico de la lengua y tratar de pensar qué es lo que estamos haciendo con el idioma y hasta dónde la cultura está metida en las palabras. Es completamente irreal la forma en que hablan esos chicos, y eso pensarán de la novela cuando la lean en Argentina: forzosamente van a pensar qué es real y que no.

Eso podría no pasar en España. Sin embargo, el año pasado estuve allí presentando una novela y el día que llegué a Cádiz, un lunes que estaba todo cerrado, solo encontré una hamburguesería, y en la cocina los chicos estaban escuchando a un rapero argentino que sale de estas villas y a los cuales yo no entiendo mucho, pero ellos cantaban en voz alta. Así, en España a lo mejor lo leen de otra manera.

Periodista, traductor y guionista. Autor del ensayo Panero y la antipsiquiatría (2017) y de las novelas Samskara (2019) y Díptico Espiritista (2022).