Tras la puerta de la casa de los sueños

La estadounidense Carmen María Machado escribió un libro que no volverá a escribir y del que nunca más hablará.

La escritora estadounidense Carmen María Machado. ART STREIBER
La escritora estadounidense Carmen María Machado. ART STREIBER

Para Carmen María Machado (Allentown, Pensilvania, 1986) las casas son muchas veces refugio y otras tantas, prisiones. La suya es una antiquísima casa victoriana en Filadelfia, la “ciudad del amor fraterno”, donde vive con su novia Val. Hubo un tiempo en que Val fue la novia de otra mujer a la que Carmen apoda “la mujer de la casa de los sueños”. Machado también fue novia de esa mujer. Lo que empezó como una relación poliamorosa devino en una pareja. Pero a veces dos son multitud, sobre todo cuando sólo una de ellas tiene la llave, una Visa sin límites y una violencia de la que raramente se habla en el seno de la comunidad queer. Y entonces fue cuando el sueño que prometía “la mujer de la casa de los sueños” se convirtió en pesadilla.

“Cuando viajo en Uber pienso que si hubiera existido en 2011, cuando ocurrió todo, yo no hubiese estado atrapada. No tenía ni capacidad ni recursos para marcharme y mucho de ello tenía que ver con la clase social a la que pertenecíamos cada una de nosotras”, cuenta en una charla con periodistas la escritora estadounidense de ascendencia cubana, para quien no solo el género marca una diferencia cuando se habla de abusos, sino también la clase y la raza.

En su último libro, Machado recoge a modo de autobiografía fragmentaria la relación tóxica y los maltratos que vivió cuando se enamoró a los 24 años de una mujer que fue su carcelero.

Ocurrió en Indiana. El libro iba a titularse así, Una casa en Indiana, pero acabó siendo En la casa de los sueños (Anagrama, 2021).

Érase una vez un villano queer 

“A pesar de que mi intelecto reconoce el problema —el sistema de codificación, el modo en que la vileza y la homosexualidad se convirtieron en una especie de taquigrafía del otro—, no puedo evitar que me encanten esos villanos queer de la ficción. (...) Después de todo, viven en un mundo que los odia”, escribe Machado en En la casa de los sueños, mencionando a drag queens siniestras como Úrsula o Cruella de Vil, a “bolleras estreñidas odiahombres” como la madrastra de Cenicienta o Maléfica, o a la lesbiana calculadora de Girlfriend. “Homosexuales marrulleros, llenos de pluma, gallinas, crueles, sosos, depravados, malvados y enloquecidos, de la pantalla grande y de la pequeña”, continúa.

Para la autora, si bien el estereotipo del gay perverso o estrambótico es dañino, la nueva oleada de veneración y blanqueamiento de la “santa minoría” para compensar que fueran criminalizados es también un error, y el artista tiene la responsabilidad de representarlos no como dioses o monstruos, sino como personas.

“Ser homosexual no equivale a ser bueno, ni puro, ni estar en posesión de la verdad. Es solo un estado del ser”, dice Machado, y nos invita a “dejarlos libres” en esta novela mezcla de memorias y ensayo acerca de los sueños que la sociedad proyecta como “reales”.

Como los cuentos de hadas, que tanto son los cimientos de la casa de la moral como excavadoras para desmontar un edificio que ya se cae a pedazos. “Me interesan los cuentos populares y la evolución de la tradición oral, porque en cierto modo crean un marco narrativo histórico y hay historias que permanecen en el tiempo y se anclan al tiempo y a la cultura”, dice la escritora, que cita historias como La Sirenita o Los Cisnes Salvajes, de Hans Christian Andersen, donde las protagonistas sufren de forma despiadada.

Ser homosexual no equivale a ser bueno, ni puro, ni estar en posesión de la verdad. Es solo un estado del ser

E igualmente lo hace con el terror, los cuentos góticos y la oscuridad de las casas encantadas, que han tenido gran influencia en su obra —en 2018, Machado publicó Su cuerpo y otras fiestas, un libro de cuentos aterradores que giran en torno a lo femenino, el cuerpo y la sexualidad—.

“El gótico habla del desconocimiento por parte de los maridos y los hombres, que cuando regresaban de la guerra volvían a su casa y eran unos extraños, y la casa se convertía en una prisión de la que no se podía escapar”, resume. 

Si bien a veces el peligro no lo entraña la casa, sino el libro que da cuenta de su embrujo más allá del miedo de quien vive en ella y la incredulidad de los vecinos.

En la casa de los sueños Carmen Machado

La casa como escenario de manipulación

Escribir es peligroso. Porque la literatura sienta cátedra, impone solidez a lo que era hasta ahora una “cadena de susurros”. En varias escenas de En la casa de los sueños, la rubia y menuda verdugo de Machado le advierte de que no se le ocurra escribir sobre ella, mientras que la autora reflexiona acerca de las relaciones tóxicas y cómo nadie sabe muy bien cómo escucharte. Les incomoda. Intentan cuestionar el testimonio. Especialmente cuando esta violencia y este acoso es más sibilino, psicológico, pero letal al fin y al cabo. Y un buen día te das cuenta de que el miedo “nos convierte a todos en mentirosos” y llevas mucho tiempo engañándote porque has acabado convencida de lo que con tanto esfuerzo tu carcelero ha querido que pienses. Mejor dicho, que no pienses. Que te anules. “La comprobación tardía de que habías jodido toda tu vida” y que “no tenían ninguna razón para quererte”.

Como antídoto a la mentira, Machado inventa una máquina del tiempo para viajar al pasado aunque, como todo viajero temporal, sabe que no podrá cambiar lo que hizo su yo de 20 años. Un “tú” a quien la narradora le cuenta su historia con la mirada madura de una superviviente.

El libro es mi mitad de la conversación, pero la gente tiene la suya

El viaje es aterrador y liberador también para el lector que viaja con ellas: las seguimos al seno de una familia metodista donde casi todo es pecado; sentimos, como Machado, que nuestro cuerpo es demasiado grande para gustarle a nadie; nos enamoramos de una desconocida y creemos que nos ha tocado la lotería. Y empiezan los celos brutales, el proceso de aislamiento en “la casa”, la garra clavada fuerte en el hombro y justificar lo injustificable. Y, o te hundes con la casa, o sales antes de que se derrumbe. Si consigues salir, descubres que hay otros como tú tratando de escapar.

“El libro es mi mitad de la conversación, pero la gente tiene la suya”, cuenta la autora, que sigue recibiendo muchas cartas y mensajes sobre una obra que pensaba que iba a estar dirigida a un nicho de lectores muy específico pero ha resultado ser un espejo para todo tipo de supervivientes.

“Me escriben tanto hombres como mujeres que me hablan de los abusos psicológicos que han sufrido o están sufriendo por parte de sus jefes o sus padres; algunos han venido a las firmas y se han puesto a llorar. Nunca lo imaginé, pero ser escritora es eso. Hay cosas que no puedes controlar”.

Necesitaba contar su experiencia para sacarse “una piedra del riñón”. No obstante, Carmen María Machado sabe que es un libro que no volverá a escribir, ni tampoco hablará de él cuando la promoción acabe. El libro hablará por todxs.

Periodista y escritora. Ha colaborado en medios como Vice, The Objective, El ConfidencialEl Español. Es autora de las novelas El silencio de las sirenas (2016) y La Tierra hueca (2019).

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