Artes

Santi Moix, la pintura como exploración

El artista catalán afincado en Nueva York quiere descubrir “el orden oculto de la naturaleza” a través de su obra, que ahora se expone en Barcelona.

Barcelona
El pintor catalán Santi Moix, con su obra 'Between Inocence and Madness'. FOTOGASULL

Desde muy joven, el pintor Santi Moix (Barcelona, 1960) empezó a viajar por el mundo. Vivió en Francia, Italia, Japón, y en 1986, con solo 26 años, partió para Nueva York, justo el día en el que se eligió a Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos de 1992. “Me acuerdo perfectamente de ir en el taxi hacia el aeropuerto y ver cómo la gente salía a los balcones, a las puertas de las tiendas, que saltaba de alegría y aplaudía”, cuenta en conversación telefónica con COOLT.

Podría haber sido un viaje más, una de las estancias de varios meses que solía realizar el joven artista, pero esa vez fue diferente. En Nueva York, Moix encontró una energía única, un lugar caótico pero excitante, en el que vivían algunos de los pintores que estaban definiendo el futuro del arte moderno como Schnabel, Basquiat, Warhol o Keith Haring.

La realidad actual de la ciudad, según Moix, es muy distinta a la de entonces. “En la década de los ochenta y en los noventa, pagar el alquiler no era el problema que representa ahora. Daba igual si ganabas o no ganabas dinero, lo importante era estar abierto y divertirte en el sentido de dar, de participar, de colaborar. Había un gran margen para el error. Lo importante no era producir, era tu modo de vivir. Nueva York, ya no es así”, dice el artista. “El mercado del arte ha cambiado. Ahora está dominado por los millonarios de Wall Street, que son los que deciden quién sube y quién baja de cotización. Antes los importantes eran los artistas, ahora muchos de ellos se adaptan de forma servil a las exigencias de esa gente”.

'Could' y 'Under the Moonlight', de Santi Moix (2021). GALERÍA MARLBOROUGH

De alguna manera, Moix ha conseguido apartarse de esa corriente y seguir su camino, reinventándose todo el tiempo, evitando copiarse a mí mismo, cuestionándoselo todo y huyendo de modas pasajeras. “Reconozco que soy más un pintor de pintores”, comenta. “Por suerte hay gente que entiende mi trabajo y lo valora”.

Moix es un creador muy polifacético que a lo largo de su carrera ha realizado pinturas, esculturas, dibujos, cerámicas y pinturas murales, así como grabados e ilustraciones para libros. Su obra es una particular mezcla de figuración y abstracción caracterizada por una serie de formas biomórficas que con los años han ido conformando un imaginario propio y reconocible. Ha realizado multitud de exposiciones en todo el mundo a lo largo de 30 años de carrera. Sus últimos proyectos incluyen un mural para la tienda del SoHo de la firma Prada, intervenciones en el Museo de Brooklyn, el Palau de la Música Catalana de Barcelona y los frescos en la iglesia de Sant Víctor de Saurí en los Pirineos.

Santi Moix, en 2013, pintando un mural en la tienda del SoHo de Nueva York de Prada. VIMEO

A Moix le gusta trabajar, encerrarse en el estudio, reflexionar y, en ocasiones, dejarle la palabra a la propia pintura. “Escribo mucho, observo la naturaleza y mi imaginario ha acabado estando lleno de recuerdos de la infancia, de cuentos que me contaron, de cajones secretos, de objetos, de cosas que no sabes bien lo que son”, explica. “En mi obra, mezclo todas esas cosas intentando descubrir el orden oculto que existe en la naturaleza, en la vida. Y es por eso que mi pintura es bastante onírica y también zoomórfica, porque los animales forman parte de mi educación. De niño pasé mucho tiempo en el campo pisando la uva, jugando en el huerto, en el tomate, y todo eso siempre he querido que formase parte de mis cuadros. He viajado mucho, es importante salir de casa, pero es mucho más importante saber que tienes un sitio de regreso. Es un gran concepto de libertad”.

Es importante salir de casa, pero es mucho más importante saber que tienes un sitio de regreso

“Por eso”, prosigue, “cuando llegué a Nueva York me pregunté: ‘¿Qué hago? ¿Pinto lo que se está haciendo aquí, lo que la gente busca o quiere, o hablo del tomate, del campo, de las historias que he escuchado de pequeño, de las conversaciones?’ Pues decidí pintar sobre la cebolla, el huerto y me dije: ‘Habrá alguien a quien le interesará todo esto’. Quizá era arriesgado pero al menos sabía que lo que pintaba era yo, me representaba”.

Tras haber invertido muchos años en esta exploración, muchas de estas ideas cobraron su máxima expresión en la decoración de la iglesia de Sant Víctor de Saurí, situada en el Pirineo catalán, la obra más monumental de Moix hasta la fecha. Un proyecto que fue todo un reto técnico y que ha acabado definiendo su obra posterior.

Moix había pasado muchas temporadas en la zona cuando era niño y, aunque rechazó el proyecto al principio, durante varios años no pudo dejar de pensar en él. “Dos o tres años después volvieron a ofrecérmelo, esta vez más en serio. Les planteé mi idea de decorar la iglesia como una especie de jardín de las maravillas, con un tono panteísta y que hablara más del entorno natural en el que se encuentra que de Jesucristo. Les entusiasmó”.

Intervención de Santi Moix en la iglesia de Sant Víctor de Saurí. ARCHIVO

El proceso duró varios años durante los que Moix cree que se convirtió en mejor pintor. El trabajo con la técnica del fresco potenció una de las cualidades de su forma de pintar, que es el diálogo casi de igual a igual entre artista y pintura. Y es que cuando Moix emprende un nuevo trabajo, lo hace con una idea clara, pero siempre está abierto a lo que el cuadro le va sugiriendo.

“A medida que voy pintando, el cuadro me va contando si voy bien o si voy mal”, afirma. “A veces veo potencial en un rincón del cuadro pero tiene que pasar un tiempo hasta que la idea madure. Es lo que yo llamo los cuadros tontos, pinturas que no me convencen, pero que no están mal y pienso: ‘mañana lo tapo’. Pero al día siguiente no lo tapo y pasa otro día, y otro, y voy mirando el cuadro, hasta que de repente un día le encuentro el sentido. Y estas obras acaban siendo cuadros únicos e irrepetibles, y se vuelven inteligentes, porque yo sin darme cuenta ya había tomado un camino que era por donde quería ir sin tener ni siquiera conciencia de ello”.

El proyecto de Sant Víctor de Saurí, y en concreto la gran flor de cerámica que colocó allí, fue también el germen de la nueva exposición que Santi Moix está presentando hasta el 22 de enero en la Galería Marlborough de Barcelona bajo el título de 1280º, en referencia a la temperatura a la que se cuece la cerámica. Porque de eso está compuesta esta muestra, de cerámicas que el artista ha creado junto a su colaborador, el ceramista gerundense Joan Raventós, y que giran en torno a El asno de oro, el libro de Apuleyo.

'L'ase d'or' , de Santi Moix (2021). GALERÍA MARLBOROUGH

La pieza central de la exposición es un enorme mural de casi siete metros formado por unas 80 piezas de cerámica que reproducen en tres dimensiones las formas que suelen aparecer en las pinturas de Moix. Estas piezas, están superpuestas unas sobre otras como si fueran hojas de un árbol. La obra se titula, precisamente, L’ase d’or (“El asno de oro” en catalán). “El relato no es obvio pero representa la metamorfosis del ser, la transformación en un asno o en otro animal. Todo el recorrido es abstracto, simbólico. Hay muchas plantas, muchas flores, piezas que pueden ser trozos de cebolla, pero también fragmentos del agua del mar. Hay mucha violencia, sexo, ladrones, diosas. Además, compositivamente quise que fuera ágil y también que mostrara la fragilidad de la propia porcelana, a la que hemos llevado al extremo. Quería que fuera mediterráneo pero que además recordara a los grafitis que puedes ver en el metro de Nueva York”.

Moix solo tiene palabras de admiración para Joan Raventós, el ceramista que le ha ayudado a crear estas obras que está presentando. “Tú le enseñas un papel con lo que quieres hacer y él siempre te dice, ‘ya entiendo por dónde quieres ir’ y así es muy fácil”, señala.

El ceramista Joan Reventós y Santi Moix, preparando una pieza en el taller. FOTOGASULL

El trabajo con la cerámica ha satisfecho tanto a Moix que, aunque no se aventura a contarnos por dónde irán sus obras del futuro, el nombre de Raventós sale inmediatamente. “Joan está agotado. Tiene ganas de descansar, pero bueno, ayer vino a verme al estudio y estuvimos mirando unos cuadros y ya empezamos a hablar de cosas que nos gustaría hacer. Pero tenemos un gran problema: que no hay, no existen hornos con una puerta lo suficientemente grande para que entren las piezas que nos gustaría hacer. Ya averiguaremos cómo lo haremos, pero bueno… Ya hemos empezado a complicarnos la vida”, concluye, demostrando una vez más el espíritu de reinvención y de empujar las fronteras cada vez más lejos que es marca de la casa.

Periodista. Colabora en medios como ICON, S Moda y Vice Latinoamérica.