Música de riesgo en Bolivia

La pandemia ha evidenciado la precariedad a la que normalmente se enfrentan los artistas bolivianos.

Música y coronavirus, combinación de riesgo en Bolivia. ELENA CANTÓN
Música y coronavirus, combinación de riesgo en Bolivia. ELENA CANTÓN

La mañana que me enteré de la muerte de Eddy Chuquimia lo primero que hice fue sentarme en la cama, y tratar de asimilarlo mientras veía mis pies. No sé cuánto tiempo estuve así.

Volví a revisar las publicaciones de los miembros de su banda, busqué en medios de comunicación, traté de no creer hasta estar seguro. Después de confirmarme una y otra vez la verdad, lloré lo más silenciosamente que pude en mi cuarto, sin entender por qué la gente como él se estaba yendo. Por eso escribo esto, es una manera de saber.

La poca remuneración que tienen los músicos bolivianos se puede ver desde distintas aristas. La falta de cultura de consumo, de otros públicos por sector y/o el casi inexistente apoyo estatal para promover la música fuera de los arquetipos folklóricos —que se agradecen y se aman, pero ya están situados y tienen su mercado, que tampoco es el más amplio, pero existe—.

Esta última diferencia hay que remarcarla, porque un grupo que toca música tropical o folklórica gana mucho más que los grupos del sector alternativo que tocan jazz, blues, o rock. Un grupo de música folklórica o tropical puede llegar a ganar hasta más de 2.000 dólares bolivianos al mes (que se tienen que repartir entre los distintos miembros de la banda), y los de música alternativa, hasta 720 dólares mensualmente. Aunque la pandemia, como en todo el mundo y en todos los rubros, se encargó de igualarlos.

El 21 de marzo de 2021, después de conocerse los primeros casos de coronavirus en Bolivia, el entonces Gobierno de transición, mediante el Decreto Supremo N° 4199, impuso una cuarentena rígida que llegó a durar cinco meses. Fue el inicio del declive de la actividad artística y musical en el país. Un declive que continúa más de un año después por las cuarentenas mixtas en los distintos municipios y departamentos.

Durante junio, mientras revisaba mi celular por las mañanas, tenía la sensación de saber de algún músico con coronavirus a diario. Rodolfo Yucra del grupo Maroyu, Gustavo Ecos de Kuntur, Edgar Salgueiro de Los Tigres, Luis Mirabal de Arawi, Mirna Barra, Luisa Molina, Eddy Chuquimia de Efecto Mandarina. Músicos de todos los géneros, que se reportaron enfermos y luego muertos.

Todos los rubros y sectores en Bolivia tuvieron sus propias pérdidas, pero en el caso particular de los músicos bolivianos la situación se agrava por la precarización laboral, la falta de seguros de salud y la imperante necesidad de reinventarse o trabajar ilegalmente para poder subsistir.

Lo de las fiestas clandestinas y no tan clandestinas es algo que sucede en todas las partes del mundo, pero, en Bolivia, amenizar con música en vivo en prestes [celebraciones religiosas o patronales de los pueblos], bodas o locales es casi obligatorio para los organizadores, y la música preferida para esos fines casi siempre es la tropical o folklórica. Aunque algunas localidades pudientes gracias al sospechado favor del contrabando pueden costearse incluso bandas o artistas extranjeros, sin importar las restricciones o la posibilidad de contagio.

Por eso no fue raro ver al grupo alemán de eurodisco Modern Talking, recordados por éxitos como ‘Brother Louie’ (1986), amenizando un preste en el pueblo de Huachacalla Oruro, donde la gran mayoría de los asistentes no tenían el barbijo puesto ni asomo de alguna medida de bioseguridad. Hecho que salió en todos los medios y no se castigó. La justicia en Bolivia es extremadamente citadina, pero es tema aparte.

Del mismo modo, pero no tan evidente, o de manera menos extraordinaria, muchas bandas locales comenzaron a tocar de manera clandestina en fiestas ilegales para poder subsistir. Ahí es cuando se contagiaron, y comenzó la espiral en descenso que se los llevó, o que les dejó secuelas irreversibles.

Christian Mercado, uno de los miembros fundadores de la Red Colaborativa de Artistas, me contó un poco sobre esta realidad: un cantante amigo suyo enfermó por trabajar en fiestas clandestinas, tuvo la suerte de ser asintomático, pero cuando, tras recuperarse, se paró frente a un micrófono de nuevo, el aire no le alcanzó. Una de las secuelas más comunes del coronavirus había operado. La pérdida de capacidad pulmonar es fatal en el canto.

“Cuando quiso volver a trabajar en esos espacios clandestinos, por necesidad lógicamente, porque hay necesidad, él encontró que ya no podía rendir de la misma manera, se fatigaba demasiado, tenía problemas de respiración. Entonces esa persona ha quedado afectada de por vida”, me dijo Christian.

Otros músicos que lo pasaron mal, son los hermanos Guerra, Juan Carlos y Gustavo, de la banda de rock A pie en Cochabamba. Gustavo es un tipo de apariencia ruda, tiene el cabello largo y platinado y pendientes. Al igual que su hermano y varios miembros de la familia, enfermó, pero su cuadro se complicó.

El grupo boliviano de rock A Pie, en concierto en el Chukuta Fest de La Paz, en 2018. A PIE
El grupo boliviano de rock A Pie, en concierto en el Chukuta Fest de La Paz, en 2018. A PIE

Gustavo aún se encuentra con coronavirus. Lleva más de un mes, aunque ya se siente mejor. “Ya tenía síntomas y malestares, así que me hicieron la prueba y salí positivo, luego la cosa empeoró, porque también tengo fiebre reumática, no pude conciliar el sueño cinco noches, ya estaba entre la cordura y el delirio”, me dice.

Un día Gustavo comenzó a tener hemorragias nasales que no paraban, intentó primero acudir a un médico, pero el flujo era tal que decidieron ir a una clínica; le tocó peregrinar porque no había ninguna con espacio debido a la fuerza de la tercera ola, y tuvo que retirarse a casa a esperar lo mejor.

“Nadie hizo nada, a las diez de la noche ya estaba desesperado porque me desangraba, gracias a Dios mi cuñada envió un médico que vino a mi casa que detuvo la hemorragia, me recetó un tratamiento, y al día siguiente ya estaba mejor. Este doctor realmente me salvó la vida”, me cuenta Gustavo, agradecido por tener una segunda oportunidad.

Su hermano Juan Carlos Guerra, bajista y voz de la banda, también me contó sobre lo difíciles que fueron aquellos meses. “En febrero he pasado [la enfermedad] con toda mi familia, y solamente dos de las seis personas hemos podido hacer una atención digamos adecuada a la covid-19. Después, bueno hemos tratado de sobrellevar de manera casera, no era lo correcto, pero no habían las posibilidades. Es triste que en Bolivia los artistas no tengan un seguro médico”.

Juan Carlos, mejor conocido en el medio como “Cayo”, es uno de los muchos artistas que se organizaron y participaron activamente para realizar el Musitón, un festival para recolectar dinero a través de las redes sociales y la televisión para ayudar a los músicos que están en situaciones económicas críticas debido a la enfermedad.

“Cada día muere un compañero, un colega, lamentablemente no estamos visualizados. Es más, para el Estado no existe una definición de arte o artista, es muy ambigua. Entonces el artista no sabe cuales son sus alcances en cuanto derechos y también cuales son sus deberes, sus obligaciones para con el Estado”, me dice Juan Carlos.

Uno de estos tantos músicos fallecidos fue Eddy Chuquimia. Era el baterista de la banda de jazz fusión Efecto Mandarina, donde también tocan Verónica Pérez, Diego Ballón y Bladimir Morales, quien accedió a hablar conmigo.

“Nuestro trabajo es estar expuestos con personas, sé que algunos han intentado hacer otros trabajos, incursionar en otros emprendimientos, pero creo que no todos lo han logrado. Todos estaban esperando el momento de tratar de volver, de que sea todo normal y ahí es cuando han sido contagiados, y no solamente de las agrupaciones tropicales, ha habido contagios en teatros, ha habido contagios en boliches. Lamentablemente se murió el dueño del [club de rock] Equinoccio aquí en La Paz”, me cuenta Bladimir.

El músico boliviano Eddy Chuquimia, tocando la batería con Efecto Mandarina en Montevideo. INSTAGRAM/EFECTO MANDARINA
El músico boliviano Eddy Chuquimia, tocando la batería con Efecto Mandarina en Montevideo. INSTAGRAM/EFECTO MANDARINA

Eddy, su colega y amigo cercano, tenía una tienda de accesorios musicales especializada en batería, el instrumento que tocaba, y una academia en la que hacía de profesor. Revisando el contenido que quedó de su academia en las redes sociales se nota que le encantaba enseñar. En su página de Facebook aún se pueden ver los videos que Eddy le hacía a sus alumnos, antes de empezar las clases y después de varios meses. Todos sonriendo a la cámara, o tocando ritmos pegajosos. Nunca lo oí sonar así, todas las veces que escuche a Eddy, en los discos o en persona, sentí siempre una extraña sensación de paz.

La pandemia recortó los ingresos de Eddy, ya que la virtualidad y la enseñanza musical no se llevan muy bien, y él además ya no podía abrir la tienda. Tampoco estaban ofreciendo conciertos con Efecto Mandarina, por lo que comenzó a asistir a eventos clandestinos para poder solventarse, dónde se sospecha que se contagió.

El 9 de junio vi la primera publicación de Efecto Mandarina comunicando que Eddy estaba grave y necesitaba oxígeno, por lo que los aportes iniciaron y se anunció un concierto de la banda para recaudar dinero. El 10 de junio se avisó que Eddy necesitaba una cama en terapia intensiva porque había empeorado. A media noche se publicó que habían logrado ingresarlo al Hospital La Portada y que necesitaba fentanilo. Más tarde anunciaron que habían conseguido el medicamento y todo parecía indicar que Eddy mejoraría. El 20 de junio se conoció que no lo había logrado.

“Lo que más perjudicó la situación fue la enfermedad base que tenía, esto de la tuberculosis, lo fulminó realmente en unos cuantos días. No pensamos que iba a pasar esto, estábamos súperconfiados de que lo iba a lograr porque obviamente era joven. Toda la campaña que hicimos fue para conseguir hospital, no había una clínica que te dé terapia intensiva. Era muy desesperante estar en esos momentos de búsqueda dónde solamente los asegurados de la caja [Caja Nacional de Salud] tenían las opciones, pero otras personas no”, me dice Bladimir, recordando esos días frenéticos mientras intentaban salvarle la vida a Eddy entre los miembros de la banda. .

“Un músico espectacular” se adelantó a decirme Álvaro Gaviota cuando le pregunté por Eddy. Álvaro es bajista y director de la banda Rantés, además de productor musical. “Hemos lamentado su pérdida en La Paz de una manera muy sentida, porque músicos de ese level no salen muy seguido. Músicos de esa calidad, aparte con esa impronta, con esa forma de laburar, con ese tesón”.

Álvaro comenzó hace 22 años en la música, primero tocando y luego dedicándose a la producción musical y la ingeniería de audio. Su estudio de grabación El Hombre Alado ha producido desde rock, hasta pop y trap.

El músico denuncia que su sector no solo es vulnerable económicamente, sino también en el ámbito social: desde el acceso a jubilaciones a la salud. Una situación de precariedad empeorada por la llegada del coronavirus, que ha hecho que el tema de la música pase a ser un elemento muy secundario para todo el mundo: “Nadie invierte ya. Nadie va a pagar mi entrada, nadie va a pagar un disco o va a pagar un concierto online. [La pandemia] agrava la situación compleja, vulnerable de por sí, que tiene el sector”.

Es ante esta vulnerabilidad que la Red Colaborativa de Artistas decidió organizar el pasado julio el Musitón, evento destinado a recolectar fondos para los músicos que no tuvieron de otra que ayudarse entre ellos.

Susana Ovando, gestora cultural y coorganizadora del Musitón, me explicó cómo nació esta idea: “Surge desde la articulación autoconvocada de artistas, gestores y productores. Lo que hemos hecho es agarrar el teléfono, llamar a diferentes artistas.Hemos apostado por construir un festival que pueda, de cierta forma, ayudar a mitigar en pandemia a los mismos músicos, sobre todo aquellos que están pasando por la covid-19, que están transitando esta enfermedad y pues en pandemia se les complica, obviamente hacer pagos tan básicos de temas de salud”.

El escenario del Musitón, el evento solidario para músicos de Bolivia celebrado en julio en Univalle TV. ÁLVARO MONTOYA
El escenario del Musitón, el evento solidario para músicos de Bolivia celebrado el 10 de julio en Univalle TV. ÁLVARO MONTOYA

El día que fui a tomar fotografías del Musitón me quedé por unos minutos afuera del edificio de Univalle TV, la emisora que retransmitía el evento, sin saber si entrar sin más o no. Dentro, un largo pasillo me condujo a un salón lleno de televisores, con un set instalado al lado para que los músicos se presentaran. Había dos presentadoras delgadas conduciendo la programación. Entonces sin permiso pero tampoco con oposición me puse a sacar fotografías. Primero de dos chicos que rapearon y lograron varias donaciones, después de Viviana Cardozo, una cantante electrizante que me dejó clavado en YouTube por horas al día siguiente. Hasta que el pequeño escenario estuvo solo por unos instantes y lo supe: esa imagen era la que estaba buscando. Un espacio vacío en el escenario, espacios eternos que no van a ser llenados nunca más, porque las personas que los ocupaban ya no están. Así llegué a la conclusión de que hacer y vivir de la música en Bolivia es un deporte de riesgo.

Periodista. Miembro del equipo de detección de noticias falsas ChequeaBolivia. Colaborador en medios como Los Tiempos, El Potosí, Página SieteRevista Rascacielos y Dicen por ahí, entre otros. Integrante de la quinta generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas de Distintas Latitudes. Autor de los relatos 200cc (2019) y Aprendiendo (2021). 

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