Artes

Latin Beat, el escaparate del cine en español en Japón

El festival llega a la mayoría de edad en Tokio tras sobrevivir a terremotos y pandemias gracias al impulso de su director, Alberto Calero.

Tokio
Carteles de diversas ediciones del Latin Beat Film Festival, referente del cine en español en Tokio. ELENA CANTÓN/LBFF

El festival de cine en español más importante de Asia se celebra en Tokio y se llama Latin Beat Film Festival. Una cita que este año alcanza su 18ª edición y que suma más de 270 películas proyectadas y alrededor de 100.000 espectadores, cifras considerables para un país como Japón, donde las producciones iberoamericanas tienen complicado hacerse un hueco en las salas de exhibición. El alma de esta aventura cultural es Alberto Calero Lugo (Madrid, 1965), quien ahora echa la vista atrás para repasar el camino recorrido.

Alberto llegó a Japón en 1994 con una beca para estudiar su maestría en la facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Tokio. Aprovechando el tiempo libre que le dejaban las clases, Alberto empezó a trabajar en diferentes festivales de cine japoneses: el Festival Internacional de Cine de Tokio, el Festival de Cine Fantástico de Hokkaido y, sobre todo, el Festival de Cine Gay y Lésbico de Tokio. “Yo por entonces venía de Radio Televisión Española, y disponía de contactos para traer películas interesantes”, explica Alberto, quien en esa época también contó con apoyos de la Embajada y del Gobierno de España, así como de diversas empresas.

Tras acumular más experiencia colaborando en citas como los festivales de cine gay de San Francisco y Sídney, Alberto recibió el encargo de organizar un festival de cine vasco en Roppongi Hills, una de las zonas más internacionales de Tokio. El evento fue un éxito, y Alberto se conjuró entonces para materializar su sueño: montar su propio festival. “Desde el principio opté por centrarme en el cine latino, pues me parecía que sería más atractivo que dedicarme a un solo país como España”, explica. Así, en septiembre de 2004 se inauguró la primera edición del Latin Beat Film Festival, una cita concebida como un puente entre Japón y Latinoamérica, con España como eje. La película elegida para el estreno fue La mala educación, de Pedro Almodóvar, que ese año había abierto el Festival de Cannes. El programa lo formaban 18 filmes —en celuloide, y no en formato digital, como ahora—, todos ellos sin estrenar en Japón y la inmensa mayoría inéditos en Asia. Entre los invitados de esa primera edición figuraron el productor Agustín Almodóvar y la por entonces desconocida Clara Lago, que entonces tenía 14 años y todavía no había emergido como una de las actrices españolas más populares.

“Los primeros años fue un festival hecho prácticamente a mano, y la verdad es que me moví mucho para conseguir los apoyos”, explica Alberto, quien recuerda esa etapa como complicada “en el sentido económico”, ya que desde las instituciones iberoamericanas apenas recibía dinero. Pese a eso, el responsable del Latin Beat subraya la importancia de definir una buena programación en base a su instinto y sensibilidad. En ese sentido, cuenta que, en la primera edición, el propio Agustín Almodóvar le dijo entre bambalinas: “Se nota que haces un festival con poco dinero porque haces una buena programación. Si tuvieras un jefe, te impondrían películas que no son buenas”.

El organizador del Latin Beat Film Festival, Alberto Calero Lugo, en Tokio. CORTESÍA

El Latin Beat tuvo un punto de inflexión en su tercer año de vida, cuando Alberto acudió al Festival de Cannes y se interesó por uno de los filmes latinoamericanos presentados, Madeinusa, de la directora peruana Claudia Llosa. “Cuando fui a las oficinas de la empresa alemana que vendía los derechos de la película me encontré con la realidad: el cine en Cannes es puro business”, cuenta Alberto. “La recepcionista me dijo que la CEO de la empresa tenía la agenda y llena y no podía verme. Decepcionado, me senté junto a la puerta de salida de la oficina, que estaba delante de los lavabos, y decidí esperar a que la CEO tuviera que ir al baño. Así lo hizo, y preparé mis panfletos y un breve discurso para cuando saliera de ahí. Madeinusa solo vendría a Japón si ella lo autorizaba. Y, finalmente, lo autorizó, entre quejas de la recepcionista que me había dicho que me fuera”.

Pese a los esfuerzos de Alberto, cuando se proyectó en el Latin Beat, Madeinusa no gustó demasiado a parte de la gran comunidad peruana que vive en Japón. La reacción del público fue más entusiasta en 2009, cuando en el festival se proyectó la segunda película de Claudia Llosa, La teta asustada, que unos meses después se convertiría en la primera película peruana nominada al Oscar. “Ese mismo año también pasé El secreto de sus ojos, del argentino Juan José Campanella, que acabó ganando el Oscar a mejor película extranjera”, recuerda Alberto. También ese 2009, el organizador del Latin Beat logró cerrar un acuerdo de colaboración con Toei, una de las compañías cinematográficas más importantes de Japón, algo que dio un impulso muy importante a este festival único en Tokio, que también ha recalado en otras ciudades niponas como Osaka y Yokohama.

Cada edición del Latin Beat ha sido particular, aunque una que destaca especialmente Alberto es la de 2011, año en que se produjo el gran terremoto y posterior tsunami de Fukushima. Tras la catástrofe, muchos festivales se cancelaron, pero Alberto quiso ayudar a Japón a retomar la normalidad: “Celebramos el festival, y con más invitados que nunca, como, por ejemplo, Marisa Paredes o Francesc Colomer, el niño protagonista de la película catalana Pa negre”.

La lista de estrellas invitadas al festival desde su fundación es interminable, aunque Alberto es capaz de mencionar —incluso por orden cronológico— a todas las celebridades que han pasado por la alfombra roja de Tokio: desde Carlos Saura a Lucrecia Martel, pasando por Icíar Bollaín, Álex de la Iglesia, Diego Luna, Gerardo Naranjo y Catalina Sandino, entre otros muchos nombres. Alberto subraya que al festival han acudido también actores y directores latinoamericanos que eran perfectamente desconocidos hace unos años, y que en algunos casos han acabado dando el salto a la fama, como la actriz hispano-cubana Ana de Armas o el director chileno Pablo Larraín.

El actor mexicano Diego Luna, firmando autógrafos en el festival Latin Beat, en 2007. LBFF

La suma de estas estrellas invitadas y la programación sólida han permitido al Latin Beat estar presente desde 2019 en el Festival Internacional de Cine de Tokio, una cita de primer nivel que entendió la importancia de dar más espacio en su programación a la cinematografía iberoamericana. Pero esos progresos no han evitado las turbulencias: el año pasado, con la pandemia de coronavirus azotando en todo el planeta, la celebración del Latin Beat quedó en el aire. Sin embargo, Alberto no se quedó de brazos cruzados: “En 2011, a causa del tsunami, ya había vivido el hecho de que todos los festivales cancelaran y el Latin Beat no, por lo que en 2020 me dije que habría que hacerlo de alguna manera”. Así pues, el festival se llevó a cabo de forma híbrida —una parte presencial y otra en línea—, y acabó resultando todo un éxito. “Para mí fue un gran aprendizaje. Trabajé deprisa y corriendo, sí, y me ocurrieron muchísimas cosas, pero representó una nueva experiencia”, reconoce Alberto.

Este 2021, todavía muy marcado por la pandemia, el Latin Beat celebra su mayoría de edad con su 18ª edición y se desarrollará como sección independiente del Festival Internacional de Cine de Tokio con tres películas: la mexicana La caja, de Lorenzo Vigas y las españolas Libertad, de Clara Roquet, y Veneciafrenia, de Álex de la Iglesia. Asimismo, a partir de enero la cita contará con un canal en internet dedicado al cine iberoamericano que permitirá recuperar la mayoría de filmes de las ediciones anteriores. “Durante todos estos años hemos recopilado 255 películas con sus subtítulos en japonés, vamos a hacer una selección y las vamos a emitir en un canal que se podrá ver en internet 24 horas al día durante un año”, avanza Alberto, quien también quiere recuperar títulos clásicos con la idea de dar a conocer mejor en Japón la historia de la cinematografía en español. “Así como el cine francés e italiano son muy conocidos por el público japonés, el cine español es aún muy desconocido”, explica.

El Latin Beat de 2009, celebrado en el cine Wald 9 de Shinjuku, Tokio. LBFF

La celebración del Latin Beat todos estos años, dice Alberto, ha contribuido a que los japoneses empiecen a estar acostumbrados a ver cine en español, y a visibilizar obras que, de otra forma, habrían pasado completamente desapercibidas en ese mercado. “Hay que pensar que la inmensa mayoría de las películas que se exhiben en el festival no se distribuyen comercialmente ni se ven en otros festivales”, dice. Pero el contexto no ayuda: “El mundo se ha empobrecido económica y culturalmente, ahora todo es algoritmo y rentabilidad. En Japón, la presencia del cine latinoamericano ha crecido desde que llegué, pero ha bajado el número de salas de cine. Antes existía un gran ecosistema de salas de cine independiente, pero quedan la mitad. Y, ahora, la pandemia”, explica Alberto, quien añade que las posibilidad de crecimiento pasan ahora por una buena distribución en línea.

Alberto subraya que, en todo este tiempo, ha notado “un reconocimiento por parte de las instituciones, y esto se ha mantenido gracias a la audiencia, que es un público muy fiel y que ha ido, además, creciendo”. Eso no quita que el Latin Beat continúe siendo un proyecto muy personal: “Una vez, un embajador me dijo que en realidad era yo y mi ordenador… Y lo cierto es que es así: a lo largo de los años he tenido la suerte de contar con una escuadrilla protectora, de tres o cuatro ‘lugartenientes’ que se han mantenido fieles a mi y al proyecto, pero yo soy la cabeza de todo, y eso es bueno para tomar decisiones rápidas, pero también un dolor de cabeza”.

¿Un hombre y su ordenador? Quizás sí, pero sin el talento de Alberto Calero, el Latin Beat no existiría. 

Periodista. Corresponsal de la región Asia-Pacífico para el diario El Punt-Avui.