Artes

El fotógrafo del desierto

De Atacama al Gobi, pasando por el Sáhara: Alfredo de Stéfano captura con su cámara los lugares más áridos del planeta. “No son solo dunas”, asegura.

'Momia roja en el desierto blanco'. Sáhara, 2008. ALFREDO DE STÉFANO

Alfredo de Stéfano se encontraba en el desierto de Marruecos en compañía de un guía. Para sorpresa de nadie, el calor era inclemente. A la distancia, se podía ver una camioneta que, en cuestión de minutos, se fue haciendo más grande, más cercana. Del vehículo se bajaron tres personas, que se aproximaron hacia ellos.

El guía les explicó a los desconocidos las intenciones de Alfredo: es un fotógrafo que viaja por el mundo buscando desiertos. No se trata de un paisajista, o al menos, no de uno tradicional. Utiliza objetos y personajes para crear escenas en las que la infinitud del paisaje se ve contrastada con la pequeñez del ser humano, creando una poética donde el desierto se convierte en una entidad, pero sin dejar de ser un campo de juego.

Por petición de Alfredo, el intérprete invitó a los tres desconocidos a participar en el proceso creativo. Encantados por esa inesperada proposición, tomaron unas telas que el fotógrafo les dio. Fueron posando mientras dejaban que el viento creara en las prendas un movimiento ondulante. La promesa de enviarles las imágenes por correo estuvo de por medio.

Cuando los visitantes se fueron, el guía comentó: “Tuvimos suerte. Venían a asaltarnos, y no lo hicieron porque hablé con ellos”.

'El profeta'. Desierto del Sáhara, 2014. ALFREDO DE STÉFANO

Orígenes fotográficos

El desierto estuvo presente en la vida de Alfredo de Stéfano desde un inicio. El fotógrafo nació en 1961 en la ciudad de Monclova, en el estado de Coahuila, al norte de México, cerca de paisajes de arena como las Dunas de Yeso. A los 15 años, se trasladó a Saltillo, a la casa de sus abuelos, para estudiar Ciencias de la Comunicación. Entre los cursos optativos figuraba uno de fotografía, donde Alfredo aprendió el manejo técnico de esta disciplina. Su nuevo interés eclipsó al resto de las materias. Terminado el curso, siguió practicando.

La fortuna estaba de su lado: sus tíos abrieron una galería en Saltillo y, por supuesto, necesitaban de la colaboración de su sobrino. Ahí Alfredo siguió aprendiendo sobre las artes visuales. Luego se trasladó a Ciudad de México para complementar su formación. Fue una época de iniciaciones: su primera cámara, sus primeros empleos ligados a la fotografía, sus primeros experimentos artísticos, sus primeros viajes a ciudades como Londres o Nueva York.

Su meta terminó siendo su lugar de salida. En un viaje al desierto de Mayran, en Coahuila, Alfredo hizo su primera serie fotográfica. Era en blanco y negro, con manchas, quemaduras e intervenciones sobre el material fotográfico en el laboratorio. Luego desarrolló su segundo trabajo seriado con el mismo tema. Ambas series, tituladas De parajes sin futuro y Vestigios del paraíso, se dieron en blanco y negro. Hoy en día son menos conocidas que otros proyectos de Alfredo, aunque resultaron fundamentales para el desarrollo de su carrera posterior. En esa época, el éxito ya empezaba a asomarse: logró mostrar esos trabajos en algunas galerías y bienales, en México y en Nueva York.

“A partir del desierto empecé a construir mi discurso, hablando del ecosistema, del fuego, la destrucción, los tiempos geológicos, los ciclos de vida”, dice De Stéfano en conversación con COOLT.

El fotógrafo mexicano Alfredo de Stéfano. DIEGO TORRES PANTIN

El hombre del desierto

Recorrer el desierto en su camioneta es el primer paso. El ojo se mantiene activo: Alfredo debe evaluar qué locación será la mejor. La anexión del objeto al paisaje viene después. Quizás un reloj, una serie de linternas, o una tela que una persona sostiene. Puede ser cualquier elemento que visual y conceptualmente vaya a resultar eficaz. Después, la cámara entra en acción. Ese es el método que Alfredo ha seguido desde finales de los años noventa, cuando se instaló en Saltillo, cerca de la geografía que le sirve como musa. Suena sencillo, pero se trata de un proceso caluroso, engorroso y agotador.

Alfredo entendió que el paisaje intervenido, propio del movimiento conocido como land art, es la suma de todas sus partes. El desierto comprende varios significados: la inmensidad, la soledad, la ira de la naturaleza, la desolación, la pulcritud... Y, por supuesto, la aparición de un objeto o persona puede alterar o potenciar esos sentidos.

El fotógrafo ha mostrado un interés persistente en el tema, que ha pretendido explorar a partir de diferentes facetas para dotar de profundidad a su trabajo global. Hoy es conocido sobre todo por tres cuerpos de trabajo: Habitar el vacío, Breve crónica de luz y Tormenta de luz. La primera serie interviene el paisaje con objetos, la segunda juega con la luz, la tercera le da prioridad a lo humano.

- ¿Sientes que esa interpretación genera una narrativa distinta sobre el desierto?

- Permite a la gente ver el desierto con otros ojos. No es como ver un atardecer en cualquier lugar. Hay una reflexión del hombre en un planeta que se está desertizando, donde nos vamos a extinguir, o al menos, muchas culturas y especies se van a extinguir. Es biología natural: cambios rápidos, extinción; cambios lentos, evolución. Tampoco es un mundo distópico el que planteo, sino un espacio tan frágil como una selva o un bosque, pero poco comprendido. Por eso represento el agua con una tela azul, o el espejismo de agua con unos espejos que reflejan el cielo. Juego con esas ideas, obviamente, de una manera conceptual.

- ¿A qué corresponde esta evolución de tu discurso?

- En la primera serie no hay fotos nocturnas, en la segunda predomina la luz artificial, o la luz del desierto. Si tú las comparas, hay rasgos comunes: hay desierto, intervención, y hay un lenguaje que busca las figuras en el centro de la imagen. Pero sí, hay una diferencia entre cada una de las tres [series], algunas más evidentes que otras. Como creador no podía quedarme repitiendo lo mismo una y otra vez. Simplemente sentí que había una necesidad de mostrar esos desiertos. No tenía sentido ir a todos los desiertos del mundo sin yo mostrar que estuve en ese espacio. Millones de personas habitan los desiertos, por eso, la misma obra me exigía que se mostrara esa presencia humana habitándolos. Pero sigo siendo congruente con mi lenguaje, no me he ido a otro ecosistema, o al retrato. Mis cambios son sutiles.

'Solo'. Desierto de Nazca, 2014. ALFREDO DE STÉFANO
'Tiempo humano', 2002. ALFREDO DE STÉFANO
'Árbol sangrante II'. Desierto de Namibia, 2018. ALFREDO DE STÉFANO

El discurso de Alfredo se sustenta en las cifras: los desiertos ocupan el 25% de la superficie del planeta, según datos de Naciones Unidas. En esas extensiones de tierra, se calcula que viven 500 millones de personas.

La logística del trabajo de Alfredo tiende a ser difícil. Por ejemplo, cuenta que en una ocasión cargaba una planta de luz en la parte trasera de su camioneta. En medio de las dunas, el vehículo quedó accidentado. El fotógrafo caminó hasta el pueblo más cercano para contratar una grúa, y por suerte, un hombre se ofreció a transportarlo al verlo en medio del camino. Ya en la comunidad, encontró a alguien dispuesto a ayudarlo a sacar su camioneta utilizando unas tablas para que las llantas pasaran. Pero, por ese acto de amabilidad, luego el rescatista quedó atascado, con lo que a Alfredo le tocó socorrerlo. De regreso en el pueblo, lo invitó a comer. En el almuerzo, el fotógrafo se atrevió a explicarle el motivo de su viaje. “Solo estoy tratando de hacer esa foto, ¿si le pago me acompaña?”. Como es lógico, el “sí” vino acompañado de una carcajada.

- ¿Qué simbología encuentras en el desierto?              

- Más que una simbología, encuentro un ecosistema, un espacio geográfico que es universal. Mientras no encontremos vida, los paisajes de otros planetas serán desiertos de rocas o de hielo, o de gas. Es lo que más hay, lo más universal. El planeta empezó como un desierto, con rocas calientes que se enfriaron. Es el único espacio donde puedes dimensionar lo pequeño que eres. Con el mar, como estás en un movimiento constante, no te puedes parar en el medio y ver lo pequeño que eres. Las selvas y los bosques te abruman en su vegetación, siempre tienes unos árboles gigantescos. Esa vastedad y esa soledad —entre comillas— me han servido para construir mi lenguaje, y a través de las intervenciones, dialogar con el espacio.

'Solo bajo el volcán'. Desierto de Atacama, 2014. ALFREDO DE STÉFANO
'La nube'. Desierto del Sáhara, 2014. ALFREDO DE STÉFANO

A la par de su trabajo autoral, la vida laboral de Alfredo se dio por varios años en el área de comunicaciones del Museo del Desierto de Saltillo, muy enfocado en la paleontología, así como en otros aspectos científicos y culturales de esa geografía. Ese empleo le permitió afianzar sus conocimientos en su tema preferido. Asimismo, el artista ha ejercido la fotografía comercial.

En 2010, al comenzar su tercer proyecto, Tormenta de luz, Alfredo experimentó la necesidad de ir más allá del paisaje del norte de México. Por ende, se convirtió en un constante buscador de patrocinios y becas. Ese método le ha permitido conocer una amplia variedad de desiertos: el Sáhara en Egipto y Marruecos, el Desierto Negro de Islandia, Namib en Namibia, Gobi en Mongolia, Gibson en Australia, Siloli en Bolivia, Thar en La India, Atacama en Chile, Nazca en Perú, La Puna en Argentina, Arizona en Estados Unidos...  

- ¿Hay diferencias visuales entre esos desiertos?

- Pareciera que todos los desiertos son iguales. Si le pides a alguien que te diga qué es un desierto, te dirá que es dunas y calor. Pero el tamaño, el color, las formaciones geológicas hacen que un desierto se vea diferente a otro. Además de las formaciones culturales, que se ven en la arquitectura y en la ropa de la gente. El desierto no es solo dunas, hay una enorme biodiversidad. El chihuahuense, que abarca varias partes de Estados Unidos y México, es más diverso que todo Canadá. La foto que hice de la momia roja la hice en el Desierto Blanco, en el Sáhara. Es así porque durante el viaje encontramos tumbas saqueadas por los romanos. Todos tienen una particularidad, una característica geológica, algunos tienen volcanes o formaciones rocosas, otros colores rojos porque hay mucho hierro.

'Hermanos'. Desierto de Namibia, 2018. ALFREDO DE STÉFANO
'Círculo mongol'. Desierto de Gobi, 2013. ALFREDO DE STÉFANO
'The Heeler'. Desierto de Arizona, 2016. ALFREDO DE STÉFANO

Cuando viajó al Gobi, Alfredo decidió a invitar a un amigo, el cineasta Everardo González. La idea inicial era exploratoria: buscar inspiración para algún tipo de proyecto. Pero esa expedición resultó en el inicio de un documental que tomó más de seis años de realización en nueve desiertos distintos.

El proyecto cinematográfico empezó como un making of de la forma de trabajar del fotógrafo, sin embargo, pronto adquirió otro rumbo: en cada expedición, Alfredo y Everardo se encontraron con una comunidad local adaptada a las duras condiciones que supone la vida en el desierto. Everardo filmaba a Alfredo en su faena, así como a los autóctonos, a quienes entrevistaba con ayuda de un intérprete. Ya en México, revisando los videos, se percataron de que muchas veces los entrevistados no respondían las preguntas que ellos hacían. Por ejemplo, en una escena filmada en el Gobi, un entrevistado dijo: “Estos no van a aguantar el frío”. La barrera lingüística fue una oportunidad que muchos aprovecharon con entusiasmo. El resultado de todo ese trabajo es Yermo, una película estrenada en 2021 y ganadora en la categoría de mejor documental en los Premios Canacine.

Tráiler de la película documental 'Yermo'. YOUTUBE

Nuevas formas de expresión

Queriendo extender las posibilidades de su discurso, Alfredo contactó a la Filarmónica del Desierto, compuesta por músicos de diferentes ciudades de México y del extranjero y dirigida por el maestro Natanael Espinoza. Entre conversaciones, acordaron realizar un evento multisensorial, donde las fotografías y las melodías lograrían una experiencia inmersiva.

Con el apoyo del Museo del Desierto, se inauguró una gira de conciertos en Saltillo que después recalaría en Ciudad de México y Monterrey. En este espectáculo, la música genera sensaciones que van acorde al contenido de las imágenes. Hasta ahora, todos los eventos han sido un éxito rotundo de público. Ver hasta dónde ha llegado su interés por el desierto ha supuesto una verdadera sorpresa para Alfredo.

“El concierto es la forma de acercar al público a la inmensidad del desierto a través de una pantalla gigantesca, en compañía de la música la cual ayuda a generar emociones en el espectador que hacen que se conecten a un ecosistema que además de bello es muy hostil”, dice Alfredo. “Yo nací en desierto, y si he recurrido a ese espacio es porque se trata de un ámbito donde lo temporal puede ser percibido con cierta elasticidad, donde puede ser intervenido: mis intervenciones no son solamente sobre el espacio, son también sobre el tiempo”.

Periodista y fotógrafo. Colaborador de medios como Prodavinci.